viernes, 6 de agosto de 2010

Los miedos infantiles

Hace mucho tiempo, cuando en los pequeños pueblos de la sierra no había televisores, sin contar cinco o seis aparatos, el del alcalde, el del médico, uno en el cuartel de la Guardia Civil, otro en el bar de la piscina municipal y pocos mas, los vecinos tenia la suerte de contar con el Teleclub. Por unas pocas pesetas al mes disfrutaban de una cadena de televisión, la UHF tardaría años en llegar. Los fines de semana: el fútbol, los concursos, los periquitos, que algunos llamaban dibujos animados, los programas de música, las películas, en fin, toda una amplia programación que asombraba a pequeños y grandes.
El local no era muy grande, bien situado, junto a la plaza del pueblo, en pleno centro. El mobiliario os lo podéis imaginar, varias filas de sillas de enea mirando hacia la pared donde, en alto, sobre una estantería, estaba el televisor comunitario. En uno de los rincones una puerta daba al servicio de caballeros, no había de señoras ya que estas no solían visitar el local. En el techo un par de ventiladores para refrescar un poco el ambiente y al fondo una vieja mesa y una silla donde se sentaba Pepe el del Teleclub. Sobre la mesa unos cuantos paquetes de pipas, kikos, garbanzitos, gominolas y varios paquetes de tabaco abiertos para vender los cigarros sueltos. El bueno de Pepe, mutilado de guerra, aparte de llevar en una libreta el control de los cobros, le hacia la competencia al quiosco de chucherias que había en la plaza cercana.
En las primeras filas se sentaba la chiquilleria y según se alejaban aumentaba la edad de los espectadores.

Un verano, nuestra querida y única Televisión Española, emitió durante varios Sábados un ciclo dedicado a películas de miedo que es como llamaba la chavalería a el cine de terror. El ataque de las hormigas gigantes, El fantasma de la ópera, La momia, Drácula ....

El y su amigo Morgado, cuando terminaba la película, a eso de las once o doce de la noche, regresaban a sus casas comentando y jugando a los héroes o los villanos de las imágenes que acababan de ver. Las pocas calles hasta sus casas siempre estaban llenas de vecinos tomando el fresco sentados en las puertacasas. La única zona donde no había gente a esas horas, era junto a la iglesia.
Por esa zona, iluminada por pequeñas farolas en la fachada, cesaban un poco sus juegos, aligeraban el paso y buscaba la esquina de su calle.

Fue una noche veraniega, después de ver una de Drácula, con el escalofrío cogiéndolos por la espalda, cuando al pasar por la iglesia y sin saber porqué miraron hacia arriba.
Lo vieron salir del campanario. Volaba o planeaba en circulo sobre ellos. Los pequeños faroles iluminaba sus alas desde abajo dándole un color grisáceo blanquecino. Después de varias vueltas sobre sus cabezas, aquel ser maligno, lentamente y sin ruido, se perdió tras una tapia donde estaba el huerto de Pepelope.
El miedo los paralizó, se miraban y sin decir palabras se hablaban. No puede ser, Drácula tiene un traje negro y este es blanco. No puede ser, ha salido de la iglesia y Drácula no puede ver cruces ni pisar suelo sagrado. Se ha parado en el huerto de Pepelope, el viejo que nos persigues cuando cogemos membrillos de sus arboles. ¿Y si Pepelope por las noches se convierte en Drác....?
En aquel momento el miedo que les sujetaba las piernas los liberó durante un instante y aprovecharon para salir corriendo.

Su amigo Morgado fue el primero en llegar a su casa, el siguió corriendo, la suya era de las últimas de la calle. !Encima!. Su madre charlaba con las vecinas sentadas en sus mecedoras cuando, al pasar a su lado, no pudo dejar de escuchar la conversacion.

Ayer, Sebastian el sacristán, después de misa de ocho, me dijo lo de la lechuza.
¿Que lechuza?
¿No te has enterado Carmen?
No, ¿que pasa?
Pues nada hija, que una lechuza ha anidado en el techo del campanario y D. Manuel el cura quiere que la espante de allí, que dice que estos bichos se beben el aceite de las velas.

Se quedó en el zaguán escuchando a su madre y las vecinas. Su mente de crío no dejaba de pensar.

¿Una lechuza? ¿Seguro? ¿No era Drácula?. Sí que era Drácula pero en vez de murcielago, se convierte en lechuza. Seguro que era Drácula y Drácula es el viejo de Pepelope. Yo no le robaré mas membrillos de su huerto. De noche una lechuza y de día un viejo con un bastón que persigue a los niños que entramos en su huerto.

!Mamá! ¿Donde está papá?
Esta con los amigos, ahora viene, ¿por que Carlitos?
Por nada, porque me gusta que este en casa de noche conmigo.


Dedicado al Señor de los Ladrillos, D. Rafael



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9 comentarios:

Susana Terrados Sánchez dijo...

Jo, Naranjito! Gracias por compartir este recuerdo, lo del teleclub no lo conocía pero no por no tener la edad sino porque nunca he vivido en un pueblo, por desgracia.
Qué maravillosa inocencia la de la infancia de antes, yo fui incapaz de terminar de ver la versión original de Gotzila. ¡qué horror!
Saludos y gracias por tu linda entrada.

LEONORCITA dijo...

A los ojos de un niño, todo, ruidos, colores, sombras, se engrandece. Con la edad lo vemos todo de otra manera pero en el recuerdo nos sentimos niños.

Besitos......Leonorcita

Juanma dijo...

Qué historia tan bonita y bien contada. El final es sobresaliente.
Cuántos recuerdos y cuántos miedos, ay.

Un abrazo.

Ana, princesa del guisante dijo...

Cada uno tiene una historia sobre el televisor y su llegada a su vida. Mi madre cuenta que su abuela que vivía con ellos, les hacía ponerse el vestido de los domingos y peinarse para que cuando el señor de la tele asomara, les viera bien arreglados, como si de una ventana se tratara.

Total, para llegar a la Esteban y otros bodrios de hoy día. Han logrado que ahora vivamos de espaldas a la televisión. En fin...

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

Me parece que me tengo que dar por aludido y agradecido de su dedicatoria.
Mi teleclub fue más privado como te conté, pero había noches que para cruzar el patio después de ver alguna película tenía que echarle un par de cojones.
Has sabido describir el miedo actuando en una carrera magistralmente.
Un abrazo, muchas gracias.

Liliana G. dijo...

¡Qué ternura de relato! Esas historias de niños no tienen precio, porque no se compran ni se venden, simplemente se viven y quienes no las haya vivido, ya nunca más podrán hacerlo.

Me encantó :)

Un beso grande.

Dama dijo...

Las cosas que nos pasan de niño nos marcan, tu relato es muy especial, el miedo que se siente a esa edad, terrible por otro lado, a la vuelta de los años nos hace reir, y muchas veces, mucho.

Me has recordado a una época, calculo que por 1975, que me parece increíble recordarla, que sacábamos a la terraza una tele pequeña en B/N y veíamos, "Crónicas de un pueblo" junto a una pedazo de sandía, comprada por otro lado, en una especie de tenderete que montaba un señor que las transportaba en burro.
Y era en plena ciudad de Sevilla.

Besos, muy bonito tu relato.

El Naranjito dijo...

Susana: ¿y de Fumanchú, que me dices?

Leonorcita: Con la edad lo vemos diferente, pero ese resquemorcillo.....

Juanma: Te juro que me lleve años teniendole miedo a las lechuzas.

Ana ¿Como se vestiría la abulea de tu madre para ver la tele de hoy?

Rafael cuando eres un crío, y tienes canguelo, las distacias son muy dificil de medir.

Liliana: los que tenemos una edad hechamos de menos las "aventuras" de los niños.

Dama: Una terraza, una tele pequeña, una sandía, cronicas de un pueblo..... mismamente igual que hoy.

Gracias a todos. Prometo más.

Conchi dijo...

Un historia muy bonita.