Llegó el día. Ya no esperaba más. Ahora tenía tiempo. Lo
tenía que hacer. Su mente no daba para más. No podía recordar tantas palabras
distintas. Si las apuntaba ¿dónde estaba el papel con las anotaciones?
Hizo una lista mental: la compañía del teléfono móvil; del fijo; las
redes sociales; los accesos a las plataformas de streaming; la banca en casa; el
correo electrónico; las compras on line; el acceso a la compañía de luz; a la de agua; el portal del ayuntamiento; la página de Hacienda; ...
Tenía que unificar criterios. Tenía que encontrar una palabra
fácil de recordar y difícil de olvidar. Una palabra, como él “ábrete sésamo” de
Alí Babá, que le abriese sus puertas y portales. Una contraseña única,
exclusiva y fácil con la que acceder a todos esos servicios que tenía contratados
y los futuros que podría contratar.
Pero ¿Cuál? ¿Qué palabra podría unificar contraseñas y claves
de acceso? ¿Qué santo y seña exclusivo le serviría ahora y en el futuro?
Sonó el pitido en el portero electrónico. Con parsimonia se
levantó de su sillón de pensar y descolgó el telefonillo
— ¿Quién es?
Por fin la encontró. Fácil de recordar. Imposible de olvidar.
Simple para usar. Ya tenía su contraseña
SoyYo
