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sábado, 30 de mayo de 2020

Un café matutino



Ocho de la mañana, con la fresquita, casi solo por la calle me encamino a mi paseíto matutino por el parque. , seis kilómetros entre ida y vuelta que tampoco se trata de prepararme la maratón del 2021. Y antes de entrar en el parque me paro a tomarme un colacado fresquito guardando las medidas de distancia recomendadas por las autoridades. Yo solito en una mesa en contra de mi voluntad porque me gusta desayunar de pie, por costumbres laborales, y en la otra mesa, la única que quedaba, un señor degustando media con aceite y jamón. Llega un tercero y le indica el distinguido camarero que si quiere consumir tiene que sentar, que la legislación actual le permite compartir mesa con otra persona. El señor de la media con aceite y jamón le hace señas para que se siente junto a él, cosa que hace raudo y veloz. Y esta es la conversación que escuché entre mis dos convecinos de cafetería.

—¡Hola! ¿Qué pasa? —dijo el recién llegado.

—Hola, me alegro de verte  —le contestó el otro saludándolo con el codo.

—Pues nada, aquí desayunando que ahora voy a trabajar. Y ¿la familia?

—Bien, en casa desde que empezó todo esto. ¿Y ustedes?

—Igual, confinados, pero bien.

En este momento se hizo un silencio y se quedaron mirándose fijamente. Uno de ellos se atrevió a hablar.

—Me vas a perdonar pero no hago más que darle vueltas a la cabeza y no caigo de que te conozco.

—A mí me pasa lo mismo, no sé de que te conozco si es que te conozco. 

—¿Ahora qué hacemos?

Y después de pensarlo unos segundos…

—¿Qué te parece si cada uno se paga lo suyo y seguimos como siempre?

—No se hable más.

Nada, yo al parque y ellos siguieron sus caminos pensando eso de “seguro que lo conozco, pero ¿de qué?

 

Foto  Diario de Sevilla

 



lunes, 11 de mayo de 2020

Consecuencias de estar confinado.




, que pongo un circo y  a las jirafas se les inflaman los ganglios, seguro.  Ahora ya podemos salir con cierta normalidad a la calle a disfrutar de lo que cada uno disfrute. Por lo menos en Sevilla que hemos sabido engañar a las autoridades competentes o, más bien incompetentes, y estamos en la Fase namber güan.

Llevo una semana deseando poder salir a la calle sin ese sentimiento de culpabilidad que te eriza la piel como si estuvieras haciendo algo malo. Las pocas veces que he salido por causa mayor, o sea, a hacer los mandaos que me encarga mi querida esposa cuando ella no tiene ganas de salir, lo he hecho con todas las medidas de seguridad que aconsejan las autoridades sanitarias. Guantes de nitrilo, de los azules, mascarillas desechables de las que te las enganchas a las orejas y pareces el padrino de Dumbo y zapatitos ligeros para no entretenerte más de lo debido.

A partir de hoy ya cambia la cosa, o no, que también puede ser.

Resulta que llevo unos cuantos días con el índice de ácido úrico que tenemos que tener, elevado a los cirros, cirroestratos y cirrocúmulos. O sea, por las nubes. ¿Consecuencia? Po que tengo la rodilla derecha hinchada como una pelota de esas que nos llevamos a la playa para joder a los vecinos de toalla pero sin él color azul y las letras blancas.

¿Qué me siento? me duele y tengo que levantarme. ¿Qué me levanto? me duele y tengo que acostarme. ¿Qué me acuesto? Me duele y tengo que sentarme. Y así cuatro o cinco días. Si no me explico bien lo diré de otra manera: gota. Ahora se entiende ¿verdad? Vale, la gota la puede producir una ingesta exagerada de marisco, pero no es el caso. La última vez que comí gambas creo que fue o en navidad o en la Feria. En navidad fueron poquitas y en la Feria, bueno de Feria este año no hablamos. 

Pero hoy ya estoy bien, me siento y no me duele, me levanto y no me duele, me acuesto y me aburro y me voy a la calle. La gota ha durado el tiempo justo para permitirme recobrar la cotidianidad. Para permitirme disfrutar de la calle. Pero la calle no es la misma, hay, o al menos yo lo noto, algo extraño en el ambiente. No es la misma.

A ver, he salido para colaborar en las cuestiones de avituallamiento doméstico. He comprado cuatro kilos de patatas, cinco plátanos, tres cebollas, una lechuga y se me han olvidado los ajos. Salgo de la frutería y cojo el camino más corto para regresar a casa. Y aquí viene el problema, llego a casa.

¿Qué es lo que me pasa? ¿Cómo es que no tiro por la calle de la derecha y me encamino al punto de reunión habitual con colegas y foráneos? Hoy puedo hacerlo. Hoy puedo ir al bar habitual para, junto con el “cabesa”, el “canijo”, el “gordo” y el “litri” solucionar los problemas del mundo mientras degustamos una cervecita fresquita y un platito de chochos (altramuces, no pensar en otra cosa).

Pues no, aunque parezca mentira no se me ha ocurrido, ni me han entrado ganas, ni me apetecía, ni creo que sea oportuno. Tengo que estar fatal. Deseando encontrarme con la gente en una terracita, en una barra, bajo un toldo y no soy capaz de hacerlo.

Creo que necesito ayuda psicológica o psiquiátrica. Creo que no estoy bien del coco. ¿Cómo es que no me apetece pasar un ratito chiquitito en un bar? Esto debe ser una consecuencia del confinamiento. Pero ¿Cómo es posible que de un día para otro me encerré en casa sin problemas y ahora no soy capaz de salir? ¡A un bar! Yo que dice mi mujer que tengo que tener acciones en la Cruzcampo.

Espero que sea pasajero, que la Fase namber güan sea un calentamiento para la  namber tu. De momento me sigo quedando en casa hasta que me diagnostiquen que es lo que tengo. Mientras tanto el “cabeza”, el “canijo”, el “gordo” y el “litri” pueden ir solucionando los problemas sin mí.




Es verdad, la foto. No tiene nada que ver, es de una rana en el arroyo Tagarete, en el Parque Miraflores. Vale, que sí, que lo sé, que estoy fatal. Pero poco a poco, de aquí al verano, creo que me curaré y podré decir eso de:

Quillo, ponme una cervecita.



jueves, 7 de mayo de 2020

De personas cultas y reciclaje




Que la cultura está regular en estos días es bien sabido por todos. Cines, teatros, conciertos, exposiciones, librerías y un largo etcétera. Bueno, po de libros, reciclaje y personas cultas va esto.

Resulta que en mi barrio tenemos a nuestra disposición un Ecopunto. ¿Que qué es esto? Pues un lugar donde depositar una jartá de elementos para su posterior reciclaje.  Hace tiempo, y después de una ardua investigación por mi parte, escribí unas torpes letras detallando la utilidad de este equipamiento urbano que Lipasam, la empresa de limpieza pública del ayuntamiento sevillano, pone a disposición de todos los habitantes de la vieja Híspalis. Si queréis recordarlo o conocerlo, aquí pongo el enlace: aquí el enlace.



Vale, ¿ya?,  Enga, ahora lo de las personas cultas.

Como se puede apreciar en la foto (hecha con un teléfono, no tengo réflex todavía) en la parte de la izquierda, está la zona para el intercambio de libros. Los que ya no quieras, no te gusten, te estorban, sean un tostón o simplemente quieras desprenderte, los colocas en el estante y otra persona los recoge y disfruta de ellos. Antes de todo este follón que tenemos por lo de confinamiento, siempre había libros y revistas. De todos los gusto, desde como echar las cartas del tarot hasta tratados de filosofía. Y de revistas ni hablemos, científicas, de viajes, de cotilleos, de cotilleos e incluso de cotilleos.

Pero ahora la cosa ha cambiado. Con muy buen criterio han cerrado con unas cintas este cubículo para evitar posibles contagios. Y aquí viene lo de la cultura.

A ver, mentes cultivadas, si hay unas cintas para no pasar, no pases. Si hay unas cintas para no utilizar algo, no lo utilices. Esto es de persona culta.

Si tienes una licuadora que no funcione o un exprimidor de frutas del año la polca, o un cacharro que no sé lo que es, no lo dejes en el sitio de los libros. Hay otros lugares donde depositarlo. Esto es de persona culta.

Si hay un cartelito que dice que debido a la situación de emergencia, el punto de intercambio de libros está momentáneamente fuera de servicio, haz caso a la información. Esto es de persona culta aunque lo que vayas a tirar no sea un libro.

Y por último, que tengo cita con mi peluquero, lo otro que había es una mapa de las costas andaluzas. Pero ¿todavía hay gente que tienen mapas en papel? Eso sí que es de persona culta.



domingo, 3 de mayo de 2020

Dehesilla de Arriba y las normas



Basado, un poco, en hechos reales, lo juro.

Dehesilla de Arriba es un pueblo ejemplar. Situado sobre una loma, domina un fértil valle lleno de chopos, hayas, robles y castaños, bañados por un caudaloso río que nace en las cumbres cercanas. Una floreciente industria madera, una ganadería de ovejas, cabras, vacas, aves de corral y un incipiente turismo rural, son los recursos con los que cuentan sus habitantes. Viven tranquilos, con sus tiendas, sus bares, su centro de salud, sus colegios, su instituto de secundaria, su centro cultural, sus buenas carreteras y su clima serrano, suave en verano y soportable en invierno con agradables nevadas. Todo un paraíso  interior lejos de las grandes urbes.

Cinco mil un habitantes pueblan sus calles y plazas. Todos se conocen por sus nombres de pila o por sus motes heredados generación tras generación. Personas responsables, educadas, solidarios y conscientes. Desde que empezó todo esto de la pandemia han sabido encerrarse en sus acogedoras casas y cumplir con las disposiciones, órdenes, consejos y las normativas que dictan las autoridades pertinentes.

Más de cincuenta días confinados en sus hogares, sin salir nada más que lo imprescindible. Ni en las grandes y escasas nevadas invernales han estado encerrados tanto tiempo.  Por sus calles es el silencio quién campa a sus anchas. Ni la algarabía de los niños correteando por las empinadas calles, ni el murmullo de los mayores sentados bajo los pórticos de la Plaza Mayor jugando a la brisca o al dominó, ni él ronroneo de las parejas de jóvenes pelando la pava en los alféizares de las ventanas, nada perturba la cotidianidad impuesta por un virus venido de tierras lejas. Más de cincuenta días sin salir y cumpliendo a rajatabla las ordenanzas municipales. Más de cincuenta días sin contagios, sin patologías, sin infectados. Más de cincuenta días esperando un amanecer que los devuelva a su acostumbrada vida. Más de cincuenta días son muchos días.

Pero ha llegado el día. Por fin comienza la desescalada de esta cordada sin arnés. Las autoridades nacionales han anunciado las normas para poder volver a ser lo que éramos antes. Horarios para niños, para ancianos, para deportistas. Normas de obligado cumplimiento para todos. Y como deferencia, los pueblos de menos de cinco mil habitantes están exentos de cumplir con horarios y restricciones de reunión, de paseos, de salidas, de visitas a familiares y amigos. Pero Dehesilla de Arriba no cumple este último requisito.

Esto no es Dehesilla de Arriba, es él pueblo donde nací, El Pedroso y tiene 2020 habitantes.


Día uno de la Fase 0

El cabo González de la Guardia Civil recibió un mensaje a través de la emisora del coche patrulla. Debía dejar la vigilancia en el cruce de la carretera y dirigirse con urgencia hasta la fuente del Páramo del Abedul. Había aparecido un cadáver sin aparentes signos de violencia.

Mientras atravesaba el pueblo notó como la gente se asomaba a puertas y ventanas y lo seguían con  miradas cómplices. Al pasar por la Casa Consistorial observó como Agustín Rechatre, edil encargado del Registro Civil de Dehesilla de Arriba, le hacía señas para que parase el Nissan Patrol de la Benemérita.

—Por favor González, no tardes mucho con las diligencias que tengo que actualizar el padrón municipal y mandarlo al Instituto Nacional de Estadística para que sepan que somos cinco mil habitantes. Las normas están para cumplirlas.




miércoles, 15 de abril de 2020

Daños colaterales del confinamiento IV




Suelo comenzar estas entradas con un símil cinematográfico pero es que no se me ocurre ninguno. La culpa: esto de estar encerrado como un anacoreta. ¿Pero, si ahora es cuando puedes ver películas y series y buscar el ejemplo? se preguntarán las lectoras y lectores de esta vuestra Bodeguita. Venga, no me enrollo, al lío.

Soy un serieadicto, o como se diga. Tengo un gusto un tanto particular como casi todo el mundo. Me gusta sentarme en la soledad de las primeras horas de la noche, acompañado solo por Micaela que, como buena gata, siempre va a su bola. Y yo, tranquilito, agustito, solito, disfrutando del mando de la TV.

Pero ahora, con esto de estar encerrados, las que se han apoderado del mando son ellas. Y ellas son las que se sientan a primera hora de la noche con Micaela en un rinconcito del sofá. Yo, a no protestar, a la cama, a leer. En diez días me he leído tres libros y voy por la mitad del cuarto que es un tostón tan malo que ni me duermo. Mira, esto de leer es una consecuencia buena, no me había dado cuenta.

Bueno, que ellas se ponen a ver sus series. De todo tipo, de acción, históricas, de suspense, documentales, de lo que sea, el caso es estar solas, ambas dos. Y encima con comentarios y dándole al pause y al regüin para enterarse mejor.

No es que yo no las pueda ver, es que muchas ya las he visto en mis ratitos de soledad. Y encima, como soy un malaje,  les adelanto tramas y les cuento espoliers, spoilers, espuliers o como se diga. Sí, vale soy mu malaje, pero me da igual lo que le pase a un Profesor en Tokio, en Bombay o en Maiami, por ejemplo.

Foto de la red. No he tenido tiempo de encontrar otra mejor


Anoche por fin tuve la oportunidad de ponerme al día. Tranquilito, agustito, solito y con el mando bajo control. Me puse una cualquiera, la cuestión era de actualizarse para no quedarse anticuado. Y entre que hacía tiempo que no las veía; que me acordaba poco de las que había visto; de la hora tan intempestiva que me había levantado por la mañana; de la modorra como consecuencia de no haber tenido una siesta de las largas, me quedé obnubilado. Los parpados se me bajaban como las persianas de un escaparate de una tienda en época de rebajas. Solo vi un capitulo, hoy espero poder continuar porque no me quedó claro si:

Lagertha se unió con los Peaky Blinders para hacerse con el control de Chernobyl con la ayuda de Daenerys Targaryen.

Daredevil visitó a Freud porque un mandaloriano estaba haciendo Stranger Thing por House of Cards.

Los Walking Dead estaban con Penny Dreadful para ver si Killing Eve antes que cogiera la Enterprise.

Los de Westworld estaban con los Watchmen y el Witcher para hacer un Locke & Key y localizar a The Man in the High Castle después de ver como Jack Ryan se escapaba a Carnival Row.

Los de Gomorra quedaron empatados con los de Boardwalk Empire en el partido de las nueve.

Creo recordar que  lo puse fue el segundo capítulo de La Conjura contra América en versión original subtitulada. ¿O fue el Ministerio del Tiempo? no sé, me acosté diciendo eso de hiueputamalparido, senquiu, yurgüelcon, oh may got, hasta tumorrou.


¿Se nota que necesito calle?



viernes, 3 de abril de 2020

Daños colaterales del confinamiento III




¿Os acordáis de Tom Hanks en la película Náufrago? Sí, esa en la que se quedó to canijo y solo y se llevó todo el tiempo hablándole a un balón de vóley. Incluso le puso nombre, Wilson. Original el nombre, que la empresa Wilson Sporting Goods pagara unos cuantos dólares nada tuvo que ver.  Bueno, lo dicho, que se llevó casi toda la película hablándole a una pelota.

Pues algo parecido estoy yo. Canijo no, más bien con barriguita y hablando con un balón blanco tampoco, hablo con Micaela. Y cada día estoy peor, sobre todo cuando me contesta.

Y ¿Qué le cuento yo a Micaela que ella me escuche? Pues batallitas de la mili. Como a mi mujer no me atrevo a darle la brasa, mi hija me dice eso de pesao eres papá y mi hijo no lo veo, no me queda otra que darle la tabarra a la gata que es la única que me escucha.

Mira Micaela, los hombres de mi generación estamos preparados  para esto del confinamiento. Hemos hecho la mili. ¿Qué no sabes lo que es eso? Te lo explico. Hace tiempo, cuando los mozos cumplíamos la edad de empezar a ir por libre, teníamos la obligación de pasarnos una larga temporada al servicio del ejército. Pero solo los tíos, que las mujeres nada de nada. Estuve dieciocho largos meses vestido de marinerito porque me tocó “servir” en la Armada Española o sea, la Marina.

Empecé el confinamiento en el Cuartel de Instrucción de San Fernando en Cádiz. Dos mesesitos na má. Confinado, sin salir hasta que aprendí la diferencia entre un Teniente de Navío y un Capitán de Fragata. Mientras tanto confinado. Después en la Escuela de Aplicación de Infantería de Marina haciendo el curso de Cabo 2ª. Otros dos mesesitos. Pude salir cuando aprendí a manejar un cetme, conducir un autobús, un camión e, incluso, un Pato. No, no es el ave palmípeda, es un bicharraco mu grande que lo mismo circula por tierra que navega por mar. Mientras, confinado.

Como era marinero y no infante de marina, me destinaron a un barco. Uno blanco, nada de gris como los de guerra y encima científico. Un buque hidrógrafo, chiquitito y mu moderno en sus tiempos. Treinta y cinco metros de eslora y siete de manga para volver a estar confinado catorce meses más.

 ¿Qué estaba en puerto? Pues nada, que gracias a la confianza que tenían depositada en mí, cabo de guardia. Confinado mientras mis compañeros de batalla se marchaban de marcha marchosa a conocer los eventos culturales de las ciudades donde atracábamos. 

¿Qué salía a navegar? Enga, coge los bártulos, mételos en el lanrover, vete para los pinares de Barbate, monta la antena para que el barco se sitúe en alta mar, que entonces no había gepeese, y confínate un montón de días en lo alto de un acantilado, en una tienda de campaña color caqui y con un compañero de fatiguitas. Confinado, solamente hablando de vez en cuando por radio: Estación verde, estación verde para Rigel ¿me recibe? Cambio. Lo dicho, confinado en medio del campo.

Por eso estoy acostumbrado y preparado para estar encerrado.

 Y ahora Micaela dixit:

A ver, Naranjito, ¡te quié i ya! ¡No me comas el coco, pesao! Que estoy enterada de la verdad verdadera, so cuentista. ¿En el Cuartel de Instrucción de Marinería tu confinado? Si te venías todos los fines de semana a Sevilla con permiso de franco de ría. ¿En la Escuela de Aplicación también confinado? Si tú no sabes lo que es un sábado o un domingo encerrado con los Infantes, estabas por la calle Betis de copitas. ¿Cabo de guardia cuando el barco estaba atracado? ¿En Cádiz? Si en la discoteca Holyday te conocían a ti y tus camaradas. Y ¿cuántas chirigotas callejeras te vistes en Carnaval? Anda, contesta, ¿Cuántas? Encerrao dices, tendrás cara. En el campo confinado en una tienda de campaña, si, si. Solo hablando por radio, si, si. En Barbate, si si. ¡En los Caños de Meca! Que vale, que está en Barbate, pero que es una de las mejores playas de Cádiz. A ver, mentiroso, que desde el faro de Trafalgar hasta Tarifa, pasando por Zahara, Bolonia, y todas las playas, calas y acantilados, te los conoces mejor que las calles de tu barrio.  Y no digas que las conoces por los trabajos hidrográficos, so fantasma. Y la metopa que te dieron con el escudo del barco y una plaquita de agradecimiento, no sé, no me fío, me tiene mosqueada.

Ahora la foto:

Así es como se queda Micaela cuando le cuento mis batallitas.

Me parece que no quiere escucharme


No se parece al Wilson de la peli. El balón no tenía escapatoria, ella es lista y se escaquea cada vez que le digo eso de Mica, ven que te voy a contar lo que me pasó cuando…
En este caso, los daños colaterales lo sufre ella.

Y esta es para que veáis que es verdad lo que cuento, que estuve en la Armada, vestido de marinero, en un barco blanco y con cara de confinado. 

No reírse que todos hemos tenido un pasado 







miércoles, 1 de abril de 2020

Ellas




Una vez más, y no me cansaré, tengo que escribir para dar las gracias a las personas que están intentando que salgamos de la puñetera pandemia que sufrimos. Hace unos días conté algo sobre mi prima Angustias, una de las profesionales de sanidad que está en primera línea. Me mandó  una foto que me gustaría compartir.



Estas guerreras son parte de las que trabajan en el Hospital Universitario Virgen Macarena. La foto está hecha en el turno de noche durante un instante que pudieron reunirse varias. Son gente de la 5ªA y la 5ªC. ¿Recordáis quienes están ingresados en estas dos alas de la planta? Efectivamente, nuestros enfermos contagiados con el COVID19. Esto es el lugar duro de la pandemia en este hospital Público sevillano que, por cierto, es él que más sanitarios afectados tiene en toda la provincia.

La foto trasmite confianza, confianza en ellas. Trasmite optimismo. Trasmite que están ahí, pegaitas a nuestro familiares ingresados. Trasmite valor, profesionalidad y sobre todo, trasmiten esperanza.

También trasmite que les llegan los aplausos que a las 19:58, les mandamos desde nuestro balcones. Es una forma de darnos las gracias y nos dicen que saben que estamos aquí apoyándolas.

No son las legendarias amazonas, no son las míticas valquirias, ni las fieras espartanas, ni siquiera las modernas Ángeles de Charly, no, son, nada más y nada menos, que las manos y los corazones que están sacando esto adelante para achatar ese pico que nunca llega al tope y que ronda los 100.000 en toda España.

Conociendo de primera mano el trabajo que están realizando, no sé cómo agradecerles todo lo que están haciendo y a lo que se exponen. Y recordar que antes de todo esto estaban ahí, durante, están ahí y después seguirán estando ahí, no lo olvidemos.

Solo decirle gracias por lo que hacéis, gracias por estar, gracias por el esfuerzo que realizáis y gracias por tener un ratito para haceros la foto. Ahora estamos una mijilla más tranquilos, sabemos que estáis con la moral alta.

Un beso a todas y muchas gracias. 




lunes, 30 de marzo de 2020

Daños colaterales del confinamiento II




Bueno, que aquí estoy como Mel Gibson encerrado en la Cúpula del Trueno pero sin perro que poder pasear por los desiertos de Australia. Eso sí, con unas jefas que mandan más que Tina Turner en Negociudad, mi señora esposa y la jefa de la casa, nuestra hija. ¡Las madres que las pario a ambas dos!

Con esto del confinamiento y, para seguir con la rutina que tenían antes, no se les ocurre otra cosa que ponerse a limpiar, ordenar, a limpiar otra vez, a ordenar otra vez que no están contenta como ha quedado la primera vez, a modificar la ubicación de donde están las cosas para que yo me líe, no encuentre y poder echarme la oportuna bronca y así un largo etcétera.

Manos a la obra. Ponen en el tocadiscos/cedé, un concierto de Alejandro Sanz al catorce de volumen. Quién me va a tapar esta noche si hace frío. ¡Niño! Que no lo bajes. Vale, vale. Y quítate de en medio que estorbas. ¡Si yo pudiera salir! ¡Papá! ¡¿Te quieres quitar de ahí?! ¡Ya!.

Nada, que se lían con el altillo del ropero empotrado. Empotrado en la pared, claro. Y, ¿sabéis lo que cabe en un altillo de un armario empotrado de dos metros de largo por sesenta centímetros de fondo? ¡Tela! Pero tela marinera. Cogen la escalera, bajan las cosas, seleccionan, deciden que guardar de nuevo, desechan lo que ni sabían que estaba ahí y no vale pa ná. Y yo por medio. ¡Papá! ¡¿Te quieres quitar de ahí?! ¡Ya!.

Y yo embobao con la cámara de Súper 8 de mi suegro y su correspondiente reproductor. ¿Esto estaba aquí? ¡Desde luego papá, parece mentira que vivas con nosotros!

Cogen la escalera, suben las cosas, ordenan, ponen mu bonito todo y meten en bolsas lo que no les sirve. Por pura casualidad, casi todo lo que no vale es mío. Pero no me quejo, soy el macho alfa.

Se me olvidaba, mi hija es seguidora de la Marie Kondo esa, una nipona con los ojitos así como medio cerrados, que es una máquina en temas de organización minimalista. Así que queda todo niquelao, para echarle una foto con una buena cámara, que no es mi caso.

Ya está el altillo para pasar estado de revista. Ahora, el mismo día no, al día siguiente, que tampoco es tema de venirse arriba, a por el frigorífico.

Abren, cierran, limpian, tiran (lo caducado según el criterio de ambas dos), organizan, guardan, ordenan.  Y el frigorífico de tanto abrir, limpiar y cerrar, de tanto organizar, empieza a emitir un pitido de socorro. Algo así como pi pi pi pi pi.

Y llega el macho alfa, yo. Claro, si es que no paráis. Ya ha saltado la alarma de la temperatura. Al final los huevos a la bechamel no se van a poder comer. Bueno, a ver, dejadme, yo lo arreglo.

Y lo arreglo. Y se quita la alarma. ¿Cómo? Pues aplicando mis conocimientos y porque sé dónde guardo el libro de instrucciones. ¡Tomaaa! ¡Marikondo!. Y , que le doy al botón de “Súper”, que sirve para forzar la bajada de temperatura de la parte de arriba del aparato. Y ya me quedo tranquilo. ¡Qué bien lo he hecho!

Y, después de comer, me echo la siesta. Pero una siesta de las buenas, no de esas de un ratito na , no, de las buenas buenas. A lo loco, sin pensarlo, el tiempo que tenga que ser. Y me levanto sin saber   si es por la mañana, por la tarde o por la noche (era por la tarde justo antes de los aplausos). Y mi esposa me dice eso de oye, que al frigorífico no se le apaga la luz de “Súper”, ya te lo has cargao. ¡Ostras! Que se me olvidó. Vale ahora le doy. Y le dí al botoncito y se arregló.

Y ahora viene el daño colateral objeto de esta historia. 

Recordad que la siesta fue más larga de lo habitual por culpa del confinamiento y la cantidad de series que estoy siguiendo y que me hacen ver la tele por la noche más de lo debido. Y todo ese tiempo la lucecita de "Súper" encendida y el cacharro enfriando a tope. Mientras preparo la cena, entiéndase ayudo o espero, cojo él último botellín de cervecita que nos quedaba desde que fui al supermercado hace nosecuantos días, y me lo encuentro con un recubrimiento de frío glaciar y con una escarchita blanquecina recubriéndolo, lo abro, deposito suavemente el contenido en mi vaso reservado para tal menester, con un dedito de espuma, con su  sabor amarguito. ¡Ojú! hijo, que gustito y que fresquita. Y el nota del Mel Gibson pasando calor con su coche tuneao  por los páramos desérticos. Será tonto. 

Por cierto, no he encontrado antónimo de "daño colateral". Tampoco lo he buscado ¿pa qué? 

Ahora la foto. No hace falta ampliarla, yo la describo:




Lo que se ve en grande es un imán que me trajo mi hijo de Toledo.
La luz naranja es la que se me olvidó quitar antes de la siesta.
La luz verde es la que indica que ya está todo OK (-18º) y que no hace falta que le des más caña al frigorífico, que la cervecita ya está fresquita.
Bueno, a ver con que daños colaterales me enfrento esta semana.


domingo, 29 de marzo de 2020

Daños colaterales del confinamiento




Me parezco a James Stewart en La ventana indiscreta, la película de Hitchcock. Pero sin la pierna escayolá, sin prismáticos y, como no podía ser de otra manera, sin la réflex.

No es que sea cotilla, que un puntito de cotilla tengo, es que añoro poder pisar nuevamente las calles de Sevilla abarrotada de gente y poder protestar a gusto de lo que sea. Que él caso es protestar. La verdad sea dicha, lo que añoro es la cervecita después del ángelus como mandan los cánones. Y si es con su correspondiente pisquilabis, mejor.  

No alcahueteo a los vecinos porque son mu tristes, mu sosos y tela de aburrios. Y una mijilla mayores. Lo que si me gusta es salir a escuchar a los pájaros, aunque ahora no sé distinguir entre un gorrión, un jilguero, un mirlo, una golondrina, una abubilla o un cernícalo primilla, cosa que antes si sabía, pa eso tuve la suerte de nacer en un pueblo en las estribaciones de Sierra Morena. Pero, como buen urbanita, he aprendido a distinguir los chillidos de las cotorras argentinas o cotorras Kramer, no sé,  no les veo bien el color del pico y, sobre todo, el zureo de las palomas. Pero, ¿qué ocurre ahora?

Lo que ocurre es bien sencillo. Que nuestra Madre Naturaleza, en su infinita sabiduría, le da la razón a mi tocayo Darwin. De las cotorras no sé nada. Tengo dos versiones. Una, que están confinadas en sus abigarrados nidos hasta que esto pase o, como buena especie invasora, se han pirado a otros lugares a par por saco y echar de su hábitat a las especies autóctonas.

Ahora de las palomas (por cierto, para los sabiondos, Columba livia), sé un poquito. No me gustan estos bichos, los que están por nuestras calles, plazas, barreduelas y demás elementos urbanos. Está demostrado que son ratas con alas, llenas de infecciones. Otra cosa son las silvestres que anda/vuelan por los campos alejados de las ciudades. Esas son las normales, ahora las de las metrópolis, ¡ofú!

Un buen amigo que entiende de esto como yo, bueno, entiende, no como yo que soy cortito en algunos temas, me dijo hace tiempo que en el momento de que les falte la comida, se piran a otro sitio.

Resulta, aquí viene lo de Darwin, que estos bichos se han acostumbrado al hombre. Se han acostumbrado a vivir a costa del ser humano. Se han acostumbrado a esperar el sustento diario en forma de migas de pan de bollo, de viena, de molde, de mollete, incluso del pan integral. Se han acostumbrado a no buscarse la vida y dedicarse a procrear cada dos por tres.  Y con las infecciones a cuesta.

Pero bueno, ha llegado el confinamiento humano. Ha llegado que nos quedemos en casita. Ha llegado el momento de la desaparición de las personas. Tranquilos, que es momentáneo, un par de meses má o meno.  Y las Columba livia no saben cómo buscarse el condumio, no saben como conseguir por su cuenta el pan suyo de cada día y no han tenido, creo, más remedio que pirarse a otros lugares. Están empezando a desaparecer como si fueran prófugos de la justicia darwiniana y la selección natural por fin,  sigue su curso.

En mi calle, sosa, triste y aburria, había una colonia de los columbos de, aproximadamente, veinte o cuarenta ejemplares. Y ahora



No quejaros, no tengo todavía un teleobjetivo como el de la peli antes mencionadas, pero si no ampliáis la foto  yo la describo:

Diez palomas, la vecina del cuarto más aburrida que yo, fumándose un cigarrito, echándole el pan que le ha sobrado del gazpacho y la tienda del chino cerrada.

Información contrastada y confirmada para animalistas:

   -  No se ven cadáveres de palomas por la calle.
    - Se han ido a otros hábitats a ver si la cosa les va mejor, que lo dudo 
 -Como las oscuras golondrinas que volverán a tu balcón para colgar sus nidos, las palomas vendrán    de nuevo para manchar tu coche claro con excrementos marrones y si es oscuro con mierdas albinas.    
 -Por fin los gorriones tienen el sitio que les corresponde y nos librarán de mosquitos el próximo   verano.

¿Los gorriones comen mosquitos? ¿No? Bueno, ahí está la evolución natural esperando.



viernes, 27 de marzo de 2020

Mi prima Angustias


Todos los días, antes, durante y posteriormente a los aplausos de las ocho de la tarde, me acuerdo de mi prima Angustias.

Es auxiliar de enfermería. Si los médicos y médicas, enfermeras y enfermeros, celadores y celadoras, y el resto de personal sanitario, incluyendo personal de limpieza, de vigilancia, de administración y un largo etcétera,  son primera línea de batalla en esta guerra que tenemos hoy, los, y sobre todo las auxiliares,  no es que sean la primera línea, no, ellas está donde caen las bombas, en las trincheras, en la vanguardia y en la retaguardia.

Ella, mi prima Angustias, comenzó su andadura en residencias de mayores por la Sierra Norte de Sevilla. Continuó muy cerquita de mi barrio, en el antiguo hospital psiquiátrico Miraflores con sus “viejecitos” y sus niños con necesidades especiales, muy especiales. Poco a poco fue cogiendo experiencia lo que le llevó a pasar al Hospital Universitario Virgen del Rocío.

En este Hospital Público, pasó por lo más granado de los departamentos. A saber: Hospital Infantil, oncología en el Hospital de la Mujer, urgencias, quirófanos, traumatología, quirófano de traumatología, UVI, UCI, unidad de quemados. Lo dicho, lo más selecto, lo más cañero, siempre al pie del cañón.

Al cabo de los años consiguió cambiar de hospital y la destinaron a la quinta planta de Hospital Universitario Virgen Macarena. Ahora estaba un pelín más tranquilita. Ya podía apuntarse en la Facultad de Medicina, que está justito al lado, para cursar estudios de enfermería. No es que sea una chavalita, pero su afán de progresar le lleva a seguir formándose. No consiguió plaza pero, qué más da, el año que viene seguro que la consigue.

 En la quinta, en otorrinolaringología, parecía  que la cosa estaba un poquito más tranquila. Oído, nariz y garganta, vale, no es el estrés  de una UCI de quemados, o trauma, o urgencias, pero también tiene sus “cosillas”.

¿He dicho que en la quinta planta? Sí, junto al ala que estaba preparada para recibir enfermos de infecciones “raras”. Èbola, gripe aviar, gripes de las malas  y todas las enfermedades raras e infecciosas que podemos prever. Y ahora el COVID19, con este no contábamos.

Cuatro alas o zonas. Una  con los contagiados confirmados. Dos con los posibles. Y otra, la de mi prima, la que era de otorrino, ahora convertida en zona de estambay. Por si la cosa se complica. Y la cosa se complicó hace tiempo. Y el ala prevista por si acaso la cosa se complica, a tope. En la zona de posibles contagiados, no están ni veinticuatro horas pues pasan directamente a la zona de “que sí, que si” que lo cogiste.

¿Y cómo trabajan? Sin parar, sin apenas descansar, sin rutina. Sí, sin rutina, en los hospitales no hay rutina.   Es lo habitual en un hospital si es que en los hospitales hay algo habitual. Es una lucha constante contra reloj y contra todo.

Mi prima me cuenta lo sucinto. Le digo que me mande fotos con los EPIs y no tiene tiempo para hacerlas. Y eso que sus jefes les piden que muestren en las redes sociales las condiciones de trabajo. Pero que no, que no tienen tiempo, que me llama el paciente de la 504.

Angustia siempre tiene una sonrisa en la cara y siempre positiva. Lo de al mal tiempo buena cara lo decían por ella. Cuando va al supermercado a comprar lo de toda una semana y va con sus guantes y su mascarilla, todavía hay gente que la miran rara. ¡Anda que exagerada! Seguro que piensan. Y ella lo que piensa es en eso de “si yo te dijera donde y con quién trabajo”.

A mi prima no le falta el sentido del humor. Ella y yo bromeamos conque a nosotros no nos pasará nada, que el virus no aguanta en el aluminio y como nos gustan las latas de cervezas, pues eso, inmunizados.

Pero cuando hablas con ella se le nota, aunque siempre este sonriendo y bromeando, esa angustia como su nombre, que reside en toda la gente de la sanidad. Los que de verdad lo viven y sienten la dureza de la situación. Y nosotros, mientras tanto, mandándonos memes, bromas y chascarrillos, yo el primero.  Y conforme va pasando los días se le nota más. Pero lo disimula, no exterioriza la dureza de la situación.

Angustias trabaja esta noche. Ahora seguro que estará descansando o, por lo menos intentándolo, porque le espera un montón de horas al pie del cañón, a pie de cama, pendiente de respiradores, de medicinas, de que el oxígeno no falte, de tener los guantes y la mascarilla bien puestos para no contagiarse. Porque si esta gente cae, caemos todos. Esta gente, las auxiliares de enfermería, que cuando estas en un hospital te solucionan más que el mismísimo director quirúrgico, que también, pero son ellas las que siempre están ahí.

Nada, que seguro que todos tenemos una prima Angustias. Y por ella y todas y cada una de las auxiliares de enfermería,  esas  con las que siempre puedes contar, va mi reconocimiento y mi gratitud.

Mi aplauso virtual y decirles que yo me quedo en mi casa. Que me separo de la gente todo lo que puedo y que aguantaré y resistiré lo que haga falta. Que me lavo las manos constantemente y que nos hacen falta muchas Angustias para salir de esto.

Angustias


 Un beso prima, para ti y todas tus compañeras de los hospitales




miércoles, 25 de marzo de 2020

¡Que corra el aire!




Los hombres, en nuestra inmensa originalidad, tenemos una frase muy recurrida en ciertos momentos para salvarnos de situaciones en las que puede peligrar nuestra integridad. Verbigracia:

Vestuario del trabajo. Por pura coincidencia tienes la taquilla en la calle más concurrida. Llegas tempranito, a eso de las 6:28 mucho antes de AM para cambiarte de ropa y ponerte el elegante uniforme de trabajo. Fila de taquillas a la izquierda, fila de taquillas a la derecha y en medio, un banco corrido a todo lo largo. Por la parte siniestra te encuentras al “Chino”, al “Velasco”, al “Lolo”, al “Maire”, al “Juanma”, al “Crasti”, al “Mancha”, al “Civiquito” y ya está porque el resto son del turno anterior.

Por la diestra. Te encuentras  al “Romana”, al “Rafi”, al “Negro, al “Muerto”, al “Topo”, al “Maromo” y ya está porque el resto son del turno posterior.

Intentas llegar a tu taquilla que, por pura casualidad, se encuentra justo en la mitad, y no paras de escuchar eso de

¡Que corra el aire!

Como este blog es para todos los públicos, obviaré la situación a las 15:10 cuando terminamos la jornada y vamos a las duchas. Pero…

¡Que corra el aire!

Puesto de trabajo. Estás enfrente de una pantallita táctil calibrando un detector de etiquetas que lleva dando porsaco todo el día y te encuentras que se te arrima por la parte de atrás  tu compañero nuevo que quiere aprender; el “Rafaserna” el eléctrico, a ver si  aplicas bien lo que te enseñó cuando instaló el aparato; tu jefe directo para interesarse por el motivo que la línea de producción esté parada; el jefe de sección, que como siempre, por pura casualidad, porque pasaba por allí, también quiere saber por qué no salen cajas camino del departamento de expedición. Todos juntitos y detrás de ti. Y entonces tú sueltas la frase

¡Que corra el aire!

En la Peña los Trastornaos. Llegas tarde, como siempre. El partido lleva un cuarto de hora y seguimos cero a cero ¡bien! El local a rebosar, un Derby es un Derby. Los buenos, los del Betis, están todos juntitos al fondo. Los del otro equipo de la ciudad, al principio del establecimiento. Y tú te enfrentas al reto de llegar  junto a los tuyos. Sorteas como puedes obstáculos humanos intentando no rozarte con nadie mientras pides la correspondiente cervecita y escuchas varias veces eso de

¡Que corra el aire!

En el autobús de la línea 3 camino al final de la Palmera. (Si queréis saber qué significa eso de “Al final de la Palmera” buscarlo en San Gugle Coronado) Te subes, acercando tu bonobú con trasbordo al lector y, por la parte la parte de atrás, se te cuela un señor mayor (en este caso un viejoporculero) que quiere picar antes que tú para sentarse junto a la ventanilla y acaba arrimándose más de lo permitido por los cánones varoniles. Entonces, con tu exquisita educación, dices eso de

¡Que corra el aire!

Está claro lo que significa la frase ¿no? Pues nada, ahora a aplicarla en el día a día que nos toca lidiar con esto del confinamiento, cuarentena o como queráis llamarla. Si tenéis que salir a la calle porque no tenéis más remedio que ir al super a por papel higiénico. Si tenéis que esperar cola para comprar la verdura y la fruta. Si tenéis que esperar en cola de a uno para comprar el paquetito de tabaco, ya sabéis aplicar la máxima que tenemos algunos:

¡Que corra el aire!

Y si son dos metros en vez de uno, mucho mejor.