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martes, 16 de junio de 2020

El santoral y Micaela


Según el almanaque chiquitito que tenemos con un imán en la puerta del frigorífico, ayer fue el santo de Micaela. A ver, quince de junio Santa María Micaela. Bueno ¿y qué? pues nada, una chuchería para gatas y a otra cosa, que nosotros no somos de celebrar santorales en él día que nos dice el calendario.

El mío vale, solo hay un San Carlos, el Borromeo, el patrón de la banca. El de mi señora esposa también vale, solo un nombre  se celebra el once de Febrero. Pero ¿y el de los niños? Eso es otra historia.

El de mi churumbel el mayor no nos venía bien celebrarlo el día señalado y lo cambiamos a otra fecha más acorde con la distancia entre su cumpleaños, las notas del cole, las vacaciones, las navidades y otras fechas por el estilo. ¿El veinte de abril? Vale, buen día, adjudicado.

El de mi princesa fue más curioso. Como se llama igual que la patrona de un convento de clausura que hay en la sevillana calle de Santa Paula desde el siglo XV, decidí llamar a ver cuándo celebrar su onomástica. Concretamente llamé un veintiséis de enero. Y ¿Qué me dijo la hermana que me atendió por teléfono? “Precisamente hoy celebramos la advocación de Nuestra Señora de Santa…”

Prometo por mis ilustres antepasados que esto último es cierto, de casualidad pero acerté de lleno.

Cuando se lo comenté a mi señora esposa, madre de mi churumbel el mayor y de mi princesa, dijo eso de

—¿El veintiséis de enero? No nos viene bien, el cinco de mayo es mejor fecha.

Y ahora juro por los antepasados mencionados anteriormente que eso también es cierto.

¿Todo esto a que venía? ¡Ah!, es verdad, Micaela.


Pues que hoy se ha levantado flamenca. Será consecuencia del confinamiento y de estar tantos días siendo el centro de atención. Digo yo, no sé, el caso es que ahora pasa más tiempo sola en casa. Pero hoy estoy yo solito con ella. ¿Y qué hace? la puñeta, provocarme, no dejarme tranquilito que falta me hace. Pero no se pone mimosa, ni cariñosa, ni amorosa, no, se pone en modo gata alfa dueña y señora de sus dominios. Claro, como no están “las otras dos”, yo soy el que tiene que jugar con ella, el que le tiene que dar de comer cuando ella quiera, el que le tiene que cambiar la arena donde hace sus necesidades, el que…

Ahora se ha quedado tranquilita. Lleva una hora en su mirador particular. Y durante ese tiempo…

Dos tórtolas se han acercado cortejándose aéreamente a la ventana.

Una paloma se ha posado en el aire acondicionado para marcar territorio a base de depositar sibilinamente una muestra de la cena de anoche.

Dos cotorras argentinas, o de Kramer que no sé distinguirlas, han formado un escándalo a base de gritos que parecían una manifestación de las no autorizadas.

Un gorrión se ha acercado pero al verla, listo que son estos  pájaros, ha dado medía vuelta y se ha buscado otro lugar más adecuado.

Y yo, sentando frente al ordenador, con un ojo en la pantalla y otro en Micaela, deseando que lleguen las féminas de la casa que faltan para poder ponerme a contar batallitas.   

 


sábado, 11 de abril de 2020

La torta inglesa y Micaela




 Bueno, parece que los orígenes de mi gata, la historia de Murat y Aysel, que conté en una entrada anterior, no se la han creído algunas mentes desconfiadas. Peor para ellos. De tontos y saborios está el mundo lleno. Pero verán todos ustedes juntos como esta otra versión si se la creen. Como en la anterior, he contrastado todos los datos después de una ardua investigación. Podéis rebuscar por donde queráis si lo que cuento es cierto o no. A vuestra elección lo dejo, mientras tanto yo a lo mío, empiezo:

Resulta que por el año mil ochocientos y pico, arribó a la ciudad sevillana de Carmona, Mr. George Edward Bonsor, en adelante lo conoceremos por Jorge el inglés. Para no ser extenso e ir al grano de la historia solo diré unos cuantos datos, a saber.

Aunque nacido en Francia, era británico y residente en España. Era pintor, ceramólogo, historiador y arqueólogo autodidacta. Precursor de la arqueología moderna ya que implantó el dibujo técnico para reflejar y catalogar todos los yacimientos. A él se le debe, entre otros muchos descubrimientos y estudios, el hallazgo de la Necrópolis romana de Carmona. Incluso fue nombrado hijo predilecto o preferido, no sé, algo de eso. Con esto de momento vale.

Pues resulta a Jorge le gustaba un dulce con una base de bizcocho cubierta de hojaldre, espolvoreada de azúcar glas y canela, rellena de cabello de ángel. Tanto le gustaba que a diario mandaba a su sirvienta a comprar una de estas tartas. La doncella se acercaba a la confitería y decía eso de: ”Niña, dame la tarta del inglés que él nota se quiere tomar el té”.  Por lo visto de ahí viene el nombre de esta delicatesen que ya hacían en Carmona mucho antes de la llegada del nota.

Aunque por otro lado tenemos al director del Conjunto Arqueológico de Carmona, Ignacio Rodríguez, que discrepa una mijilla del asunto. Está documentado que Jorge era de la hermandad del puño, un poco mezquino a la hora de pagar. Cuando iba a escarbar al campo se llevaba un bollo y un huevo duro. Si iba con el ayudante, dos bollos y dos huevos. Además anotaba todos los gastos y en sus cuadernos no hay ninguna anotación de desembolso para estos pasteles. Y aunque hacía una gran vida social y se apuntaba a todos los saraos, lo hacía de válvula, de gañote, vamos lo que se dice sin pagar ni un duro.  Vale que el nombre de tarta inglesa se le deba a Jorge pero es un dulce tradicional de la repostería de la zona.

Hoy se rellenan de todo y aunque la de cabello de ángel es la TOP, tiene hasta 50 rellenos distintos. A mi hija, que es mu moderna, la que le gusta es la de Nutella. A mí me da igual, soy de buen yantar. Y, de pasada, como el que no quiere la cosa, diré que hace mucho tiempo que no la cato. ¿Motivo? Pues que mi hijo, cuando puede regresar a su hogar paterno desde su hogar provisional (creo) en la bonita Carmona, dice eso de: Nena, se te ha olvidado traerles a mi padres una tarta inglesa, a lo que ella, su Nena, siempre responde: ¡Que enrrea eres! ¡Si eras tú él que tenía que pasarse por la confitería! ¡Otra vez se te ha olvidado!


Tarta inglesa


Bueno, nada, que hace tiempo que no la cato. Y ustedes todos vosotros os preguntareis eso de ¿Qué tiene que ver la tarta inglesa con el origen y la raza de Micaela? Pues ahora lo cuento.

Como hemos visto, el nombre de tarta inglesa es debido al gusto de Mr. Jorge por este dulce. Mr. Jorge, antes de acabar en Carmona, estuvo de expediciones arqueológica por medio mundo. Una de esas excavaciones era el antiguo santuario de la Colina del Ombligo que está en la ciudad de Edesa en el sudeste turco. Allí, en Turquía, vivían una extensa colonia de gatos blancos, de pelo largo, con cola anillada, ojos ámbar y con la huella de Alá en la cabeza.

Mr. Bonson, el inglés, se enamoró de estos felinos y se trajo varias parejas de regreso a la milenaria ciudad de la campiña sevillana, a Carmona, por si todavía no os habéis enterado. Allí vivieron felices desde el año mil ochocientos y pico.

Y ahora conclusiones finales que hoy me estoy pasando.

¿Dónde recogimos a Micaela? En el polígono industrial El Pilero. ¿Dónde está el P.I. El Pilero? En Carmona. ¿Quién vivió en Carmona? Mr. George Edward Bonson. ¿Dónde estuvo Jorge el inglés? En Turquía. ¿Qué se trajo de las tierras del antiguo imperio bizantino? Varias familias de gatos ¿De qué raza eran los gatos? Pues eran Van Turco, como Micaela.

Micaela en plan jarrón.


Venga Germán, a ver si ahora eres capaz de refutar mi investigación.

Sobre las fotos:

La primera la he buscado en interné. El pobrecito de mi hijo no puede traerme una de verdad por esto del confinamiento. Y no, los cortes no representan a la Union Jack británica, es para servirla  mejor.
La segunda la he realizado con eso que ustedes sabéis.

Y ahora al Cesar lo que es del Cesar:

Gracias a Ezequiel García de El Correo de Andalucía por los datos y a “mi extensa biblioteca” y recordarles a V. y L. que a mí me da igual el relleno, como si es de crema catalana.





lunes, 6 de abril de 2020

Micaela, los datos que faltan



Bueno, sigo confinado y sigo investigando. He descubierto y contrastado en distintas fuentes, nuevos datos sobre el origen de la raza Van Turco. Ya sabéis que discrepo con Germán su veterinario, él dice común y yo digo que nada de nada, que de común nasti de plasti. Vamos a la historia y a la morfología.

Resulta que el gato Van Turco, conocido también como turco cat, cosa de los ingleses que le tienen que dar la vuelta a todo, es una de las razas más antiguas que existen. Se han descubierto joyas de los hititas, un pueblo que vivió hace una jartá de años en la península de Anatolia, con representaciones de estos mininos. También hay documentos literarios, me imagino que  en escritura cuneiforme y en cuadernos de barro, que hacen mención a “los gatos de cola anillada”. O sea, que hace milenios que ya existían. Desde los tiempo de Noé, él del arca.

Estos gatos viajaron con el patriarca de las barbas blancas en ese peaso de barco que construyó para salvar a los animales. Pero, como nosotros, estaban confinados y eso lo llevaban mal. Así que, sin pensarlo mucho, se lanzaron al agua (recordar esto para más adelante) y buscaron tierra firme. La encontraron junto al lago Val y allí se instalaron antes de que la palomita esa regresara al arca con la ramita de olivo, ¿o era de romero? No sé, me da igual, el caso es que se aclimataron y desarrollaron un pelaje denso para acostumbrarse al clima de la zona. Y bien que se acostumbraron, y tuvieron su premio del que hay varias versiones.

La versión judía dice que Dios, después del diluvio, acaricio con su mano la cabeza del gato y de ahí su característica mancha de tres colores. Otra versión es la islámica, que es lo mismo pero cambiando Dios por Alá. No he encontrado versiones de otras religiones. Lo budistas son grandes protectores de animales, pero creo que Buda al único que acarició fue al simple del tigre. El caso es que esa típica mancha es conocida como “la huella de Dios” o “la huella de Alá”.


Lo de la huella


Siendo bendecidos por la mano de Alá o de Dios, según gustos, los humanos repararon en ello y rápidamente expandieron por las tierras de Persia, Turquía, Armenia, las estribaciones del Tigris y el Éufrates y el resto del mundo a la raza más milenaria y más bendecida por las altas deidades.

Y ahora la morfología.

Son gatos más bien grandotes, fuertecitos, corpulentos sin exagerar y robustos sin pasarse. Llegan a pesar ocho kilos. Ofú, Micaela no llega al año y pesa cuatro kilos y eso que no para de hacer ejercicios.

La cabeza la tienen redondita y el hocico normalito, nada de chatos como uno que yo conozco que se llama Wifi (¿vale Germán?). Las orejas más bien grandes y los ojos profundos y almendrados. Pueden ser cada uno de un color, azules o, como es el caso de Micaela, ámbar. Me vais a perdonar, pero de colores me quedé en los básicos y primarios.

El pelaje es largo, suave y sedoso. Sin nudos, corto en verano y largo en invierno. No se le enreda y tampoco lo suele soltar porque es como lana. La cola poblada y larga. Y más bien gordita por la cantidad de pelo.


Lo de la cola

El color ya lo sabemos, blanco como el azahar a excepción de la cola que la tiene con anillos de tres  colores entre castaños y cremas,  que sí, que yo me quedé en los básicos y no se distinguirlos. Y la huella de Alá, claro, en la cabeza. Algunos ejemplares también tienen esos colores por el lomo, son los menos. Y eso fue porque Dios o Alá, alguno de los dos, se pasaron acariciándolos.

Y ahora el carácter.

Tienen una personalidad independiente pero más que el resto de los gatos. Inteligente, traviesos y activos. Además, y es por lo que son famosos, les gusta el agua. Tal como suena. ¿Os dije que recordarais lo del Arca? Pues eso. Les encanta chapotear en los charcos o en cualquier lugar que puedan jugar con el agua. Incluso en las piscinas. Micaela lo único que ha hecho de momento, es jugar con la fuente donde bebe. Bueno, una vez me la encontré metida en la bañera. Estaba vacía, pero cuando no estén mi mujer y mi hija, cosa difícil estos días de encierro, la lleno de agua a ver lo que hace. Prometo meterla poco a poco y con el agua templaita.

Son sociables con los miembros de la familia. Con los extraños Micaela lo que hace es pasar olímpicamente. Menos con el perro de nuestros vecinos. Una especie de caniche chiquitito que se coló un día en casa sin darnos cuenta al que le echó un resoplido y se les pusieron los pelos de punta de tal manera que el pobre perrito no ha vuelto a aparecer por casa.

Les encantan jugar y sobre todo cazar. La nuestra lo único que ha cazado, de momento, son varios mosquitos, pero como escuche la palabra “bicho”, eso no es una gata, es una fiera buscando por todos lados.

Y ya para finalizar, las alturas. Les encantan trepar y subirse a lo más alto que pillen. Sí, muy graciosos, pero cuando tu pasas por la estantería y notas una “suave” caricia en lo alto del cogote, ya me dirás.


Lo de las alturas.


Toda esta información es cierta. La podéis contrastar en la red o donde queráis. A mí solo me queda contar otra versión, esta vez la inglesa, que también tiene algo que ver con el lugar de nacimiento de Micaela, Carmona.





viernes, 3 de abril de 2020

Daños colaterales del confinamiento III




¿Os acordáis de Tom Hanks en la película Náufrago? Sí, esa en la que se quedó to canijo y solo y se llevó todo el tiempo hablándole a un balón de vóley. Incluso le puso nombre, Wilson. Original el nombre, que la empresa Wilson Sporting Goods pagara unos cuantos dólares nada tuvo que ver.  Bueno, lo dicho, que se llevó casi toda la película hablándole a una pelota.

Pues algo parecido estoy yo. Canijo no, más bien con barriguita y hablando con un balón blanco tampoco, hablo con Micaela. Y cada día estoy peor, sobre todo cuando me contesta.

Y ¿Qué le cuento yo a Micaela que ella me escuche? Pues batallitas de la mili. Como a mi mujer no me atrevo a darle la brasa, mi hija me dice eso de pesao eres papá y mi hijo no lo veo, no me queda otra que darle la tabarra a la gata que es la única que me escucha.

Mira Micaela, los hombres de mi generación estamos preparados  para esto del confinamiento. Hemos hecho la mili. ¿Qué no sabes lo que es eso? Te lo explico. Hace tiempo, cuando los mozos cumplíamos la edad de empezar a ir por libre, teníamos la obligación de pasarnos una larga temporada al servicio del ejército. Pero solo los tíos, que las mujeres nada de nada. Estuve dieciocho largos meses vestido de marinerito porque me tocó “servir” en la Armada Española o sea, la Marina.

Empecé el confinamiento en el Cuartel de Instrucción de San Fernando en Cádiz. Dos mesesitos na má. Confinado, sin salir hasta que aprendí la diferencia entre un Teniente de Navío y un Capitán de Fragata. Mientras tanto confinado. Después en la Escuela de Aplicación de Infantería de Marina haciendo el curso de Cabo 2ª. Otros dos mesesitos. Pude salir cuando aprendí a manejar un cetme, conducir un autobús, un camión e, incluso, un Pato. No, no es el ave palmípeda, es un bicharraco mu grande que lo mismo circula por tierra que navega por mar. Mientras, confinado.

Como era marinero y no infante de marina, me destinaron a un barco. Uno blanco, nada de gris como los de guerra y encima científico. Un buque hidrógrafo, chiquitito y mu moderno en sus tiempos. Treinta y cinco metros de eslora y siete de manga para volver a estar confinado catorce meses más.

 ¿Qué estaba en puerto? Pues nada, que gracias a la confianza que tenían depositada en mí, cabo de guardia. Confinado mientras mis compañeros de batalla se marchaban de marcha marchosa a conocer los eventos culturales de las ciudades donde atracábamos. 

¿Qué salía a navegar? Enga, coge los bártulos, mételos en el lanrover, vete para los pinares de Barbate, monta la antena para que el barco se sitúe en alta mar, que entonces no había gepeese, y confínate un montón de días en lo alto de un acantilado, en una tienda de campaña color caqui y con un compañero de fatiguitas. Confinado, solamente hablando de vez en cuando por radio: Estación verde, estación verde para Rigel ¿me recibe? Cambio. Lo dicho, confinado en medio del campo.

Por eso estoy acostumbrado y preparado para estar encerrado.

 Y ahora Micaela dixit:

A ver, Naranjito, ¡te quié i ya! ¡No me comas el coco, pesao! Que estoy enterada de la verdad verdadera, so cuentista. ¿En el Cuartel de Instrucción de Marinería tu confinado? Si te venías todos los fines de semana a Sevilla con permiso de franco de ría. ¿En la Escuela de Aplicación también confinado? Si tú no sabes lo que es un sábado o un domingo encerrado con los Infantes, estabas por la calle Betis de copitas. ¿Cabo de guardia cuando el barco estaba atracado? ¿En Cádiz? Si en la discoteca Holyday te conocían a ti y tus camaradas. Y ¿cuántas chirigotas callejeras te vistes en Carnaval? Anda, contesta, ¿Cuántas? Encerrao dices, tendrás cara. En el campo confinado en una tienda de campaña, si, si. Solo hablando por radio, si, si. En Barbate, si si. ¡En los Caños de Meca! Que vale, que está en Barbate, pero que es una de las mejores playas de Cádiz. A ver, mentiroso, que desde el faro de Trafalgar hasta Tarifa, pasando por Zahara, Bolonia, y todas las playas, calas y acantilados, te los conoces mejor que las calles de tu barrio.  Y no digas que las conoces por los trabajos hidrográficos, so fantasma. Y la metopa que te dieron con el escudo del barco y una plaquita de agradecimiento, no sé, no me fío, me tiene mosqueada.

Ahora la foto:

Así es como se queda Micaela cuando le cuento mis batallitas.

Me parece que no quiere escucharme


No se parece al Wilson de la peli. El balón no tenía escapatoria, ella es lista y se escaquea cada vez que le digo eso de Mica, ven que te voy a contar lo que me pasó cuando…
En este caso, los daños colaterales lo sufre ella.

Y esta es para que veáis que es verdad lo que cuento, que estuve en la Armada, vestido de marinero, en un barco blanco y con cara de confinado. 

No reírse que todos hemos tenido un pasado 







lunes, 23 de marzo de 2020

Micaela, el origen I



Como ya he comentado en entradas anteriores, en casa tenemos un nuevo miembro que es Micaela. La tenemos desde mayo y ya está más crecida que en la foto que publiqué. Ahora procedo a contar su historia. Quién se lo crea, bien y quién no se lo crea po… que no se lo crea.

La recogimos con un mes, más o menos, y como debe ser, la llevamos al veterinario. Carmen, su veterinaria de cabecera, dijo aquello de “que chiquitita y bonita” a lo que Germán, su otro veterinario, contestó “se parece a Gizmo”.

La verdad que un poco se parecía por lo que, sin que nadie se diera cuenta, en casa, después de las doce de la noche, la mojé y le di de comer. Y de ,  que no se convirtió en un gremlins malo. Ya me quedé tranquilo. Ahora quedaba saber la raza. En la clínica (que por cierto se llama Kato) nos dijeron, creo que fue Germán, que era común europeo. A mí no me convenció mucho, así que me puse a investigar y, fruto de estas averiguaciones, descubrí el origen de Micaela. Resulta que…

Murat y Aysel eran una pareja de gatos que vivían plácidamente entre los patios y tejados del Palacio Topkati en la vieja Estambul. Rodeados de turistas y gente esperando la cita para el implante capilar, pasaban sus días sin más pretensiones que buscarse el sustento diario. Pero esa vida no iba con ellos. Querían conocer mundo y vivir experiencias nuevas. Un bue día, aprovechando la complicidad de la Luna que alumbra el Cuerno de Oro, se encaminaron al puerto y, sin pensarlo, se subieron al primer barco que se encontraron en el muelle.

El barco era el Katún Mandalá, un carguero que recogía chatarra para llevarla hasta el puerto de Sevilla con destino a la Siderurgia Sevillana. En la popa del buque, sobre las aguas del Bósforo, se despidieron momentáneamente de la vieja Constantinopla con la promesa de regresar después de las aventuras que esperaban encontrarse.

El viaje fue placido, sin complicaciones. Eso sí, muy aburrido. Un barco carguero no es precisamente un crucero de los que anuncia la Penélope Cruz pero como era gratis, mejor no protestar.

Y llegaron a Sevilla. Bajaron por el portalón de estribor y se dispusieron a conocer la ciudad conocida desde hace quinientos años como Puerto de India. Corretearon por el Parque de María Luisa, se besaron bajo los azahares del Patio de los Naranjos, cenaron en la azotea de la Hostería del Laurel y durmieron en la placita de Doña Elvira. Una vez enamorados de la magia y el embrujo de la vieja Isbilya, decidieron continuar su periplo y recrearse con otras ciudades y lugares.

A parte del turco y el armenio, su idioma de origen ya que eran de una zona cercana al lago Van al oeste de Turquía, empezaban a entender un poco la lengua de un tal Bécquer. Escucharon algo referente a una ciudad a la que los lugareños llamaban Carmona, que por lo visto también era milenaria. Junto a los Jardines de Murillo escucharon una conversación entre dos humanos que estaban junto a una furgonetilla de reparto y se decían uno al otro: -¿Dónde vas? –A pasar la ITV -¿Al polígono el Pino? - ¡Qué va! Me han dado cita en el Pilero, en Carmona.  Esa fue la palabra mágica.

Aprovechando un despiste, se encaramaron en la trasera del vehículo y pusieron, puso el conductor, rumbo a la ciudad de la campiña sevillana. Un trayecto corto, de apenas media hora, y ya estaban recorriendo las cálidas calles, las almenas y campanarios e, incluso se asomaron al balcón que enamoró al mismísimo Julio Cesar.

Llegó la hora de regresar. Las mezquitas de Estambul no eran lo mismo sin ellos y el gobierno turco los reclamaban. Pero existía un pequeño problema. Aysel estaba preñada y dio a luz tres vástagos. Un viaje de regreso tan largo no podían hacerlo con su pequeña camada. Volvieron a El pilero, no era el Palacio Sumergido pero les había dado suerte y allí habían nacido sus cachorros. Tenían que solucionar pronto la situación porque su prole ya necesitaba del calor humano y una vida lejos de viajes y, sobre todo, lejos de la situación del país donde tenían que regresar.  

Los astros se alinearon una vez más a favor de ellos y una sevillana, no sé muy bien como, se quedó prendada de la pequeña de sus cachorros y la adopto. No sin antes prometerles que la cuidarían y que sería una más en la familia.

Murat y Aysel se marcharon felices y tranquilos. Sabían que dejaban en buenas manos a su pequeña fruto de la magia y el embrujo de esta bendita tierra.

¿Una gata común? No Germán, no, Micaela en Van Turca, y no es nada común. Tú la conociste de pequeña, Carmen es la que la lleva y la conoce bien. Ahora está muy cambiada y la prueba a continuación. Además, después del lote de investigar que me he dado y encima encerrado en casa ¿me vas a llevar la contraria?

Esta es  Micaela:

Foto hecha con... ¡Con que va a ser!


Esto es un gato Van Turco:

 Foto de infogato.org


Ahora ¿Qué? ¿Tengo o no tengo razón? Vale, a lo mejor los buenos amigos de la Clínica Felina Kato tienen más datos que yo, que no lo dudo, pero mi investigación no me la quita nadie.

Esta historia tiene continuación. Por lo menos otra versión del origen de los Van Turcos y del origen de Micaela.




jueves, 19 de marzo de 2020

Micaela


En la “entrevista” publicada hace unos días, comenté que “El Quillo”, nuestro gato, el gato de La Bodeguita, no está ya con nosotros. Después de 19 años su energía felina dijo basta y se acabaron sus días de aguantarnos y mandar por casa y, como todo buen gato, sobre nosotros.

Fue un palo pero, bueno, lo pasamos y ya está. Uno más de la familia que falta se nota. Pero la vida sigue. Y yo sabía, intuía, me los esperaba, me lo temía, que tarde o temprano, mi hija se iba a encargar de recoger de la calle otro “animal”.

Tardó su tiempo pero un día me dio la noticia. Yo había notado algo raro entre su madre y ella. Complicidad femenina que se llama. Sabiendo ambas dos que yo era reacio a tener de nuevo animales en casa, simplemente por lo mal que lo pasan, habían estado buscando algún “gatito” necesitado de sus cuidados.

Así que un buen día mi princesa me larga eso de mañana tenemos que ir a Carmona a recoger una gatita. No puse cara de estupor ni de nada, bueno, de tonto, pero esa siempre la tengo, y solo me atreví a decir una de mis palabras más socorridas: ofú.

Resulta que una protectora había recogido una manada de gatitos que estaban abandonados en un polígono industrial de la bella ciudad de la vega sevillana. Un mes tendrían más o menos. Los tenían acogidos una familia que tenían una gatilla con crías de la misma edad y las acepto dócilmente.
Pues nada, que el día señalado tiramos para Carmona, quedamos con la protectora en un veterinario y recogimos a la nueva integrante familiar.

Ellas ya habían decidido el nombre, Micaela. Sí, Micaela, ¿qué pasa? ¿Es raro? Po no. ¿Yo no he contado nunca lo del nombre de “El Quillo”? Pues ahora que no está lo puedo contar. El Quillo es el “Nick” o, vulgarmente, apodo, que utilizaba en las redes. Bueno, yo siempre le decía Quillo, pero su nombre verdadero era Chipi, abreviatura familiar de Chipirón. Vale que para bautizar somos especiales, pero es lo que hay.

¿Por qué Micaela? Po no sé, se les ocurrió a ellas y ya está. Y Micaela aparece en su pasaporte, en su chip, en su documentación y porque no tiene D.N.I. que si no también.

Es curioso lo del nombre, a saber:

Cuando está jugando o se le llama para comer o para avisarle que el sol está entrado por la ventana, ¡Mica ven!. ¡Mica toma!, ¡Mica mira!. 
Cuando hace alguna trastada o se porta regular tirando para mal, ¡Micaeeelaaaa!

Y la puñetera lo entiende a la perfección. No sé, a veces pienso que estos animales son más listos de lo que aparenta y siempre se ríen de nosotros.

Esto fue en Mayo del año pasado. Lógicamente esta esterilizada, con su chip, con sus vacunas, con su revisiones y con sus comidas adecuada a su peso y edad. Y a diferencia del Quillo, ¡no le gusta mi sillón! ¡Y puedo dormir la siesta yo solito!

Y ahora algo de su morfología. Según sus veterinarios Carmen y German de la Clínica Felina Kato (no es publicidad, es recomendación) es una gata común europea de color  calicó, vamos, de tres colores. Pero en esto discrepo de los veterinarios. Micaela es de raza van turca y en la próxima entrada lo voy a demostrar que para eso he hecho una ardua investigación hasta dar con la historia de su  progenitores.

Ahora las fotos (ni que decir tiene con que la he hecho) de los primeros días.

En la primera, la señora está durmiendo plácidamente como si estuviera tomando el sol en la playa de Matalascañas.

En la segunda, le estoy enseñando a escuchar y ver música clásica. De pasada diré que mi santa esposa madre de mis hijos me echó una bronca por permitirle que se subiera a la mesa estando el mantel de diario. ¡Pero es que estaba embobada! ¡La voy a quitar!

 Hoy en día está mucho más crecida, ya la mostraré y contaré más cosas, total ahora por una cosa y otra tengo tiempo. 


Esperando la playita.

 Aprendiendo buena música