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jueves, 27 de abril de 2017

25 años de la Expo92 y funciona como el primer día.

Bueno, que antes de hablar de la Feria, la primera entrega de lo de la Expo. Pues sí, yo tuve la suerte de disfrutar de seis meses irrepetibles. Por cuestiones laborales, en mi anterior curro, conseguí el pase de temporada. Uno para mí y otro para mi sufridora. Mis niños eran pequeñitos y entraban por la cara. Por sus caras bonitas y porque no tenían edad para pagar la entrada correspondiente.

Seis meses en aquel recinto irrepetible dan para mucho, y en estos días que se cumplen veinticinco años del evento, nos hemos dedicado en casa a desempolvar recuerdos, fotos, videos y cosas por el estilo para rememorar lo vivido desde el 20 de abril hasta el 12 de octubre de aquel año mágico. Pero lo primero es lo primero.

Tenemos un artilugio que nos dieron en la plaza Sony. En este espacio al aire libre había un peaso de pantalla de televisión (la gente de Sony creo que pusieron  algo de su parte) y casi todos los días teníamos un concierto de los grupos más punteros de la música del momento. Pero lo que he dicho, nos dieron un cacharro que, para los calores de aquellos días, aliviaba una mijilla la canícula sevillana.

Pero lo bueno del tema es, que a pesar que han pasado 25 tacos del evento, el artilugio sigue funcionando como el primer día. ¿Gastos de energía? casi ningunos. ¿Funcionamiento? lo más simple. ¿Su principal componente?  Un tipo de material sintético obtenido mediante fenómenos de polimerización o multiplicación semi-natural de los átomos de carbono en las largas cadenas moleculares de compuestos orgánicos derivados del petróleo y otras sustancias naturales o lo que es lo mismo, plástico duro .  Eso sí, tiene una  poquito de publicidad. Los cacharros gratis ya sabemos que tienen, que te guste o no, te tragas los mensajes subliminales que te cuelan.

Pero que no hay problema, lo que anuncia el elemento objeto de esta entrada la mayoría de la gente no tienen ni idea de lo que son. A saber: un radiocasete de doble pletina (ni idea, ¿verdad?); un walkman (esto ¿qué es lo que es?); un Discman (esto lo explico: un reproductor portátil para escuchar los cedeses de “Los Manolos”, por ejemplo). Cuidaito que en letra pequeña pone eso de “walkman and discman are registered trademarks of Sony Corporation”.

Bueno, vale, ¿Dónde guardamos el artificio? Pues mi señora esposa lo guarda en el salón de casa, entre en el libro de “1080 recetas de cocina” y el de “Memorias de una geisha”. ¿Cuándo lo usa? Muy a menudo, por ejemplo antes que empiece la caló de verdad y enchufe el bendito aire acondicionado. O, por ejemplo, cuando  hace la ración diaria de pescaito en blanco para el Quillo y sale demasiado caliente para su esquisto paladar. Un pequeño inciso, el Quillo es el gato de mi mujer y mis hijos. A mi me sigue odiando y eso que el próximo 23 de Junio cumple diecisiete años.  Conmigo está  tan cabrón como el primer día, en eso no cambia.

Bueno venga, las fotos del cacharro. Las he hecho con mi teléfono, para variar. Es que sigo sin réflex de momento.

 Anverso 


Reverso



Lo dicho, esto funciona como el primer día, desde hace veinticinco años con  uso diario. Creo que le quedan otros veinticinco años mas.




jueves, 9 de mayo de 2013

La Batalla de la Pradera



Imagen encontrada en la red



Agazapados entre los pocos matorrales de la pradera se acercaban lentamente a la avanzadilla de los soldados. Sus exploradores les habían avisado de la inminente llegada de este grupo reducido pero peligroso. Con sus pinturas de guerra y sus armas preparadas, estaban dispuestos a defender su territorio de la invasión de la gente del otro lado de la montaña.

Ojosdecristal tensó su arco y de un certero disparo atravesó la garganta del primer adversario. Acto seguido Osogordo saltó sobre otro enemigo y, con su largo cuchillo, degolló con un tajo seco la yugular del contrincante. Uno de ellos huyó despavorido al escuchar los gritos de guerra al comenzar el ataque. Pero Lobocanijo cogió su tomahawk, se lanzó tras él y le propino un golpe fuerte y sonoro que le destrozó las rodillas. Una vez con su enemigo en el suelo, lo agarró del pelo y sin miramientos le arranco la cabellera. Con ella en la mano le dio tiempo para ver como Aguilagranaína clavaba su lanza en las tripas del teniente del batallón.

Se escaparon algunos, pero los cuatro grandes guerreros habían logrado su objetivo y llevaban en sus cinturones los trofeos de la primera batalla de una larga guerra. Montados en sus mustang se aproximaron al cercano poblado y a las afuera de este se encontraron con la bella hermana de Ojosdecristal que los esperaba.

-Venid bravos guerreros, venid y descansad del combate. Vuestras madres os esperan ansiosas en los tipis para que podáis disfrutar del Banquete de los Combatientes. Dejad vuestras andanzas por la Gran Pradera. Encomendaros a la Madre Tierra para que la próxima vez que el Sol empiece su descanso y la Luna ilumine los sueños de los hombres, os de fuerza para vencer a los usurpadores extranjeros.


Después de muchas lunas:

Ojosdecristal aprobó unas oposiciones y hoy en día da clase un Instituto donde sus alumnos no hablan de otra cosa que de Call of duty modern warfare 4.

Osogordo es conductor de autobús urbano y a través del espejo retrovisor interior ve como la chavalería usan sus teléfonos móviles para hablar con su amigo del asiento de atrás a través del  wassap.

Aguilagranaína se marchó a la ciudad de la Alhambra y poco más se supo de él desde que dejo de escribir cartas a los componentes de la avanzadilla cherokee.

Lobocanijo trabaja en una fábrica haciendo productos de primera necesidad (y por muchos años) y utiliza el ordenador para contar historias dejando en un cajón el boli y la libreta.

Ninguno de los cuatros ni eran, ni son violentos. Ni siquiera la cuadrilla de soldados a los que por cierto, les tocaba ganar al día siguiente. Alguna que otra brecha en la cabeza gracias a la mala o buena puntería. Algún que otro brazo partido por culpa de la endeblez de la rama de los árboles.  Todo se acababa al día siguiente antes de comenzar una nueva batalla o una final de futbol en la pradera.

Y la última consideración, lo que la bella hermana de Ojosdecristal  dijo:

¡Pepeee! Que dice mamá que te vengas ya a cenar. Que dejes de jugar en el descampao de la obra y no os peléis más con los niños del otro colegio.

viernes, 29 de marzo de 2013

La tata Adelita



Hace años que la tata Adelita no acapara la primera fila para ver la salida de la Cofradía de su barrio. Sentada en su vieja silla de enea, pegada a las piedras medievales que adornan la puerta de la parroquia, esperaba durante una hora para poder ver en la calle sus sagradas imágenes: Angustias de mi arma y mi señó Manué. En el interior del templo todo estaba preparado. Su hijo mayor era uno de los  componentes de la primera cuadrilla de  Hermanos Costaleros que portaban el paso de Cristo, su segundo hijo diputado de tramo y el pequeño y más alto de los tres, portaba uno de los ciriales de la Virgen. Una señora muy querida en el barrio y sobre todo en la Hermandad. De misa casi diaria, aunque un poco republicana, siempre discutía con el cura párroco. –Que no, Páter, que no, que la gente de mi marío, a quién mi señó Manué lo tenga en su gloria, no tuvo ná que vé con aquello del 36. Si él fue de los primeros en acudir a apagar el fuego que prendieron aquellos desalmaos.

Todas las madrugadas, bajo la primera luna llena de la primavera, esperaba fervorosa la salida. Y todas las madrugadas la esperaban a ella. Los primeros los costaleros. Antes de entrar en el templo para formar la cuadrilla, se pasaban a saludarla.

-Tata, otro año más. ¿También traes el jarabe? Venga una cucharaita.
-Adelita, un poquito de jarabe que tengo la voz fatal.

Ella sacaba del  bolso una botella de cristal con un líquido transparente, llenaba una cucharilla de café  y le daba a probar todo aquel que le pidiera.

-Toma hijo y que nuestro Manué te de fuerza para llegar a la Catedral y traerme a mi Cristo mañana de vuelta a eso del mediodía.

De esta manera casi todos los componentes de la cuadrilla. Más tarde llegaba el turno a los nazarenos. Antes de formar los tramos visitaban a la Tata Adelita, se levantaban el antifaz y una vez reconocidos por ella, probaban el jarabe. Algunos pequeños nazarenos también lo intentaban.

-Niño pa ti no hay jarabe, cuando lleves cirio ven y me lo pides, que todavía llevas vara.

En una ocasión el Hermano Mayor le preguntó por el origen del misterioso jarabe que hasta los acólitos lo tomaban.

-Me lo trae todos los años por Navidad mi cuñá Aguilita de  Alcalá, pero yo lo reservo pa mi gente güena que to las madrugá no vemos aquí.

Hace años que la Tata Adelita (nunca supe por qué la gente le decía Tata) no espera a la Hermandad de Los Gitanos en la puerta de San Román. Muchos vecinos del barrio la echan de menos y sobre todo los viejos nazarenos que, por antigüedad, prosesionan muy cerca de los pasos.

Por cierto, y para terminar, mañana he quedado con mi hermana para desayunar en Alcalá de Guadaira que es donde vive.  Hemos quedado en el bar Baltanas (“en cá Bartaná” dicen los alcalareños). Te ponen las mejores tostadas de pringá que puedas probar. De camino, me compraré una botella de ligaito. ¿Qué que es ligaito? Pues es un liquido transparente mezcla de anis seco y anis dulce. La proporción es un secreto, pero todo el mundo lo prueba desde hace muchos años. Con moderación y en contadas ocasiones, bridaré por la Tata Adelita, esté donde esté.

domingo, 19 de febrero de 2012

Todos tenemos un pasado




Pues sí, todos hemos tenido un pasado. Y yo personalmente estoy orgulloso (relativamente) del mio. Aprovechando que estos días ando recopilando fotos antiguas haber si consigo de una vez tener un álbum como manda los cánones archivísticos, entre otras he descubierto estas dos joyitas.

En la primera, cachondeito el preciso ¿vale?, aparezco con mi amigo Manolo el Gordo. Sí, tal como suena, el Gordo, entonces no existía eso de la obesidad. Él con su bocata, como siempre, y un servidor trasteando, como siempre, en esta ocasión con un martillo musical. La foto nos la hizo nuestro amigo Mígue, después hablo de él, en una tapia en Cádiz, y encima en carnavales, pero no íbamos disfrazados.  Fijarse en los zapatos del Gordo y en los calcetines, no os fijéis en los pelos del Canijo, un servidor. El viento de levante en la milenaria ciudad gaditana hace estrago entre los seguidores de la música funky, la buena de verdad.  Pero con esa pinta, triunfaba entre las féminas y “peazo” de día nos pegamos los tres en la Tacita de Plata. Bueno, los tres como que no. El Gordo regulin regular, el Mígue triunfó tela marinera, con su look a lo Fredy Mercury, su look y lo que no es su look. Pero no te metas con mi amigo Mígue que, aunque tenga unos gustos un poco raro, es mi amigo y con mi amigo no se mete nadie (Mígue, ¡ostia! no te pintes tanto los ojos que se te nota un montón).

Po eso, que yo triunfaba un montón. Aunque con la pinta de cantante de rumbas puede parecer que encandilaba a las canis de la época, de eso nada. Yo  engatusaba con mi parla, con mi cultura, con mi torpe ironía, con mis bailes, con mi cuerpo serrano, con mí saber estar, con mí…  Hasta que llegó la rubia y dijo ¡ya te estas pelando!






Y me pelé, y me puse gafas (por cierto, las sigo teniendo de repuesto en el coche, señal que este miope mantiene sus dioptrías en su punto), y cambié de estilo y cambie de pelos (tengo los mismo pero en un tono como tirando a azahar), y me hice un tío cabal, y no salí de juergas, y casi dejé a mi amigo el Gordo y a mi amigo el Mígue por la sevillana rubia que me separó de ellos. Bueno eso que me separó de ellos es un tanto relativo. El Gordo está más gordo y calvo y con su mujer y sus hijas; el Mígue  ya no se pinta los ojos, los ochentas hace tiempo que quedaron atrás, y sigue siendo mi amigo y no te metas con él aunque se le vea el plumero. La amistad por encima de todo.

Pues nada, que seguiré rebuscando fotos, sobre todo donde aparezca esa sevillana que me lió (ella no me da permiso para publicar las fotos, pero no seáis chivatos); esa sevillana con la que intento sacar adelante a un par de churumbeles (mi hija dice que me parezco a Camarón  sin barba en la primera foto), esa sevillana que … Venga, que seguiré rebuscando en mi pasado, seguiré, pero no seáis muy crueles con este vuestro amigo que ha tenido el valor de publicar fotos para demostrar que por mí no pasan los años.

 -¡Papá! ¿te has mirado al espejo!
 -¡Calla niña!

¡Como echo de menos los ochenta!

domingo, 30 de octubre de 2011

La pastilla de Flota





Llegas a casa después de una “dura” jornada de trabajo, te vas del tirón a la ducha, compruebas que la botella de butano tiene suficiente cantidad para calentar el agua ya que siempre se acaba cuando te estás duchando y al lío. Joé , no hay gel de baño. Gel de baño de hombres que en mi casa tenemos de dos clases: el de mujeres y el de hombres (cuidadito con usar los potingues de las féminas). Llamas a tu sufridora esposa y esta, con su güasita sarcástica te contesta: -¡Niño! si no tienes gel de baño con aloe vera y bífidus relajantes usa la pastilla de jabón Flota, ¡el de toda la vida!

Pues sí, el de toda la vida. ¿Qué no os acordais? A lo mejor en otros lugares del mundo no tienen la suerte de conocerla, pero en mi desconocida España todo el mundo que tiene cierta edad, seguro que se acuerda de ella. ¿Qué no? Haber:

No existía un taller de reparación de coches, motos, bicicletas, frigoríficos,  herrería, carpintería, o cualquier otro establecimiento que tuviera o tuviese la necesidad de lavarse las manos, que en su lavabo no apareciera la pastilla de jabón Flota.

Los mineros, mi añorado padre entre ellos, se quitaban la mugre de la mina refregándose con ganas todo el cuerpo. El olor a limpio cuando me cogía en brazos después de la dura jornada lo sigo recordando.

Y en las casas de vecinos, en los lavaderos, con sus pilas y restregadores, todas las vecinas tenían una pastilla de Flota. Dale que te pego restregando durante muchas horas y hablando y “criticando” sobre todo lo humano y divino.

En cualquier casa había una. ¿Su uso?, múltiples. Lavar la ropa. Lavar el suelo. Lavarse las manos. Sacarte de un atolladero cuando vas a una comunión y aparece una mancha de última hora. Incluso hay quien las usaba para ahorrar agua y al mismo tiempo higienizar la cisterna del inodoro; al fin y al cabo son 225 centímetros cúbicos menos de agua que se gastaba y encima limpiaba cada vez que tirabas de la cadena. No voy a decir nada de las “amenazas” de algunas madres: -¡como sigas diciendo palabrotas te lavaré la lengua con la pastilla de Flota!

Mi Yaya (apodo cariñoso de mi tía Monte, andaluza de pro, pero que vivió casi toda su vida en la magnífica tierra catalana), a sus 91 años la sigue usando. -Carlitos, hijo, yo para lavar la ropa uso jabón líquido, suavizante, activador y todos esos productos modernos que existen hoy en día. Pero para los rincones uso la pastilla de Flota. ¡No veas como se quedan de limpios! -Pero Yaya, ¿no me digas que te tiras al suelo, con tu edad, para limpiar los rincones? –Po claro sobrino ¿por qué te crees que está tan limpio el suelo?

Bueno, que la pastilla de Flota se sigue fabricando (doy fe de ello). Mejor, se sigue haciendo. Ahora viene con un traje de plástico que  la envuelve, cosa de las normas internacionales. Y con una etiqueta a través de la cual nos enteramos que, entre otras cosas, contiene tensioactivos no iónicos, policarboxilatos, zeolitas, tensioactivos aniónicos, perfumes y blanqueantes ópticos. Más o menos lo que yo digo: ¡un cuarto de kilo de jabón de toda la vida! Y encima patrocina al Equipo Paralímpico Español.

Quien te ha visto y quién te ve Pastilla de Flota, perdón, Detergente Multiusos.

Ahora os dejo, que resulta que mi amigo Luismi tiene una reunión de comunidad el próximo día 31 de Octubre, coincidiendo con que han organizado una fiesta de disfraces para ese día. Es que por lo visto es “jalogüin”.

domingo, 19 de junio de 2011

Las enfermeras

¿He contado que tuve el tifus? ¡Ah! sí, ya me acuerdo lo conté en su momento. Bueno, pues después de que aquellas inyecciones obraran el milagro, mi médico me recomendó que me hiciera el análisis de sangre en otro lugar para cotejar los resultados. Yo, que por aquella época era más chulo que un ocho, no se me ocurrió otra cosa que presentarme en una clínica privada. No le haré publicidad, pero solo os diré que está en la avenida Manuel Siurot y es donde operan a los toreros de las heridas causadas por los astados. Ya sabéis a la clínica que me refiero ¿verdad? Pues nada, que entro en la sala de extracciones y mi primer pensamiento fue: ¡esto es una cámara oculta para un programa de televisión! ¡Esto no puede ser verdad!

Pero allí estaban ellas, una rubia y una morena, igualitas que las que aparecen en las páginas centrales de las revistas especializadas en entretener al género masculino. Esto último lo sé porque me lo han comentado ¿vale? 

Una rubia y una morena, con su correspondiente uniforme de enfermera. Por cierto, los encargados de vestuario del hospital se debieron equivocar porque les dieron tres tallas menos, a lo ancho y a lo largo, Bueno mejor a lo corto, “solo” le llegaba la falda a un palmo por encima de las rodillas, dejando casi al descubierto unas piernas torneadas que….. (Se me olvidaba decir que mi mujer, mi novia por aquel entonces, me acompañaba junto con una pareja amiga, y no me permite dar muchos detalles y recordar el encuentro con las sanitarias). Uniforme blanco y casi transparente, o al menos eso me parecía a mí. Lo digo porque el logotipo de Plaitex se distinguía perfectamente entre los dos botones  que abrochaban la parte de arriba, dos botones de los cuatro del minúsculo vestido.

Y allí estaba yo, sentado, con el brazo apoyado en la mesa y pensando cuando saldría el presentador y decirme aquello de está usted en un programa de televisión. Pero no, de momento estaba solo con aquellas mujeres que me parecían de mentira. Empezó la exuberante morena a ponerme la tirita de goma en el brazo y a buscar la vena donde introducir la aguja, cosa fácil porque el corazón bombeaba a buen ritmo. Ligeramente inclinada hacia mí, me preguntó si me daba miedo las inyecciones a lo que yo respondí negando con la cabeza porque no podía articular palabras. Definitivamente la marca del sujetador era Plaitex. ¿Chanel nº 5?, posiblemente y encima ya había estado en la playa, lo digo por el color de piel que lucía en sus pechos que… (Vale cariño, no sigo dando detalles).

Y allí estaba yo, sentado, con el brazo apoyado en la mesa cuando me dijo aquello de abre y cierra la mano. ¿Qué donde estaba la mano? Justo ahí, a veinticinco coma cuatro milímetros, es decir, una pulgada, del ultimo botón a punto de estallar por no poder abrochar el vestido. Abriendo y cerrando la mano con suavidad para alargar el momento. Pero tuve que girar la cabeza, esto es una cámara oculta, esto es una cámara oculta, seguía pensando.  Giro la cabeza y ¿a quién me encuentro? A “mi” enfermera rubia, buscando unos papeles en un archivador y no podía agacharse como cualquier mujer pudorosa, no. Ella tenía que inclinar el cuerpo para que este atónito embobado se fijase que también había estado en la playa, por el color moreno que lucía, que, efectivamente, como había intuido a través de la nitidez del uniforme, la ropa interior era negra, que… (Vale esposita, si ya apenas me acuerdo, ya no doy detalles).

Ahora es cuando sale el presentador y dice aquello de… No, el que salió fue un servidor, sujetando fuertemente el algodón sobre el insignificante pinchazo y diciéndole a mi amigo que me esperaba en la puerta: -Quillo, entra y hazte un análisis. -¿Yo?, ¿pa qué?. –Anda entra y mira. Solo le dio tiempo de asomar la cabeza por la puerta. Cuando estaba remangándose la manga de la camisa para disfrutar del análisis de sangre, nuestras “leonas”, hoy en día nuestras sufridas esposas, ya nos habían cogido fuertemente y tiraban de ambos camino de la calle. Por lo visto, habían estado pendiente de este sufrido paciente y, sobre todo, de las dos “raposas” (he tenido que buscar un sinónimo para la palabra que les dedicaron a las empleadas de la clínica).

Por cierto, esta semana he tenido el reconocimiento médico anual en la fábrica. Cuando entré en el departamento galeno me encontré con mi diplomado en enfermería. Se llama Manolo, mide 1,90 de alto por 1 de ancho. Y allí estaba yo, sentado, con el brazo apoyado en la mesa y diciendo: -Manué, tu todavía no has ido a la playa, ¿verdad? –Estás colgao, Naranjito, estas colgao.

viernes, 10 de junio de 2011

El coche exclusivo



Mi primer coche fue un Simca 1000. Ya era viejo (el coche, que yo era un chavalín con dieciocho añitos recién cumplidos), cuando mi padre me permitía cogerlo de vez en cuando para ir soltándome en esto de la conducción “responsable”.  Era rojo, como el de la foto, pero tenía la particularidad del color del capó. Después de un pequeño percance sin importancia que sufrió mi padre, tuvo que cambiarlo y le puso uno de color crema. Yo decía que era un coche exclusivo, único, personificado, no había otro igual. Encima tenía matricula de Valencia. ¿Cuántos había en Sevilla con estas características?. Lo dicho un coche exclusivo.

El viejo coche nunca me dejó tirado. Un pinchazo de vez en cuando, cambios de batería, algún que otro manguito de refrigeración, bujías y platinos de encendido y poco más (¿dónde estarán los buenos desguaces  antiguos?). Gracias a estas pequeñas averías aprendí un poco de mecánica. De chapa estaba muy cortito, tan cortito que a una buena amiga se le clavó el tacón de su zapato de fiesta en el suelo de la parte de atrás y le costó la misma vida sacarlo. Mi padre me cortó el rollo y reforzó con unas planchas de chapa todo el fondo. Aún recuerdo la risa nerviosa diciendo aquello de espera que no puedo salir del coche. Las puertas de atrás solo se abrían desde fuera, como la de los coches de policía. Si les quitabas el seguro y cogías una curva un poco más rápido de la cuenta, se abrían por arte de magia.  Eran otros tiempos y otras carreteras.  Un pequeño tuneado más,  el asiento del conductor. Se le jubilaron los muelles y mi augusto padre consiguió un asiento de un modelo más moderno y encima requinable. ¿He dicho algo sobre los desguaces antiguos?, ¡ah sí, que ya no quedan!

Suelo “atrapazapatosdetacón”, puertas que se abren solo desde fuera, asiento del conductor requinable… no seáis mal pensados. Seguro que estáis recordando la canción de Los Inhumanos, aquella que decía algo así como: ¡qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000, en un Simca 1000! Si me prometéis que no se lo contáis a nadie os diré que era igual de fácil o difícil que hacerlo en un Seat 127, un Supermirafiori o en un Dyane 6. Dependía de los dos, es decir: de tu pareja que es la que manda. 

Bueno, po al grano. Que tenía un coche exclusivo y único. Rojo, con el capó casi blanco. No había otro igual. Solo yo era el afortunado conductor.

-Oye, anoche te busqué por La Recua y no te vi, y el coche de tu novio estaba en los aparcamientos.
-Niña, el viernes por la noche estabais en la calle Betis, que aparcamos detrás del coche de tu novio, a ver si quedamos los cuatro.
-¿Qué? El sábado en la feria de Alcalá, que bien te lo montas. Cuando entramos vimos el coche de tu novio aparcado junto a la portada.
-Vecina, ¿cómo fue el partido? ¡Anda que no estaba bien aparcado el coche de tu novio! ¡Junto a la entrada de gol sur!

Venga, conductor de un coche exclusivo, dales explicaciones a tu novia, dile, y sobre todo convéncela, de que no estuviste con tu amigo “Güisqui” en la discoteca de moda de la época;  convéncela de que no podías estar en la calle Betis de noche porque te fuiste a casa cuando la dejaste a ella; convéncela de que la feria de Alcalá solo la pisas acompañado de ella; convéncela que el domingo por la tarde estabas estudiando y al equipo de tus amores solo lo escuchaste por la radio. Y al final haber como la convences de que tu novio no tiene un coche exclusivo.
Las cosas de la edad y de aquellos maravillosos años.

P.D. Mi segundo coche fue un Renault 5, de color blanco, del montón. 

domingo, 10 de octubre de 2010

El gallo del callejón


Salíamos del colegio correteando, deseosos de llegar a casa para disfrutar de la merienda, la mayoría de las veces pan con chocolate. Chocolate del bueno, el de las onzas envueltas en papel de orillo.
En un pueblo todas las cosas están cerca, el colegio, la iglesia, el ayuntamiento, la plaza de abasto, tu casa, hasta el campo está cerca. Pero los críos disfrutábamos de esta cercanía, dando rodeos para seguir con nuestros juegos y aventuras. 

De camino a casa cogíamos por el callejón de atrás de nuestra calle. Un callejón a donde daban las puertas traseras de los hogares, por donde, no hacía mucho, entraban los animales de labranza para acceder al corral donde estaban las cuadras. En uno de estos corrales tenía un vecino un pequeño gallinero compuesto por una docena de gallinas y un espectacular gallo. Este último era nuestro objetivo diario. Gallo grande, de corral como dicen ahora, con una cresta inmensa, las plumas de la cola negras cono las noches de aquellos inviernos y el resto de plumas con todas las tonalidades de naranja, rojo y azules. Las patas nos parecían del mismo grosor que nuestros tobillos y los espolones eran como las navajas que nuestros abuelos usaban para cortar el pan y el tocino.

El juego era muy fácil. Nos acercábamos lentamente, disimulando, hasta la puerta, siempre abierta, del corral de nuestro vecino. Las gallinas solían salir al callejón a seguir picoteando por el empedrado. A pocos pasos aminorábamos la marcha y casi nos parábamos. En ese momento uno de nosotros empezaba a gritar y vocear y los demás esperábamos la salida de nuestro amigo. El  gallo salía como un toro del chiquero,  defendiendo su plumífero harén y nos perseguía con las alas abiertas y dando brincos intentando alcanzarnos con sus inmensos espolones. Corríamos más que él  y,  casi nunca conseguía su objetivo.

En una ocasión nos visitaron mis tíos que vivían en Madrid acompañados de mi primo. Para mí era una ilusión disfrutar de unos días con mi primo y escuchar embobado las cosas que me contaba de la capital de España.
Aquí no hay coches. En Madrid un montón. En Madrid se viaja en metro, por debajo de las calles. En Madrid las calles son muy anchas. En Madrid hay muchos autobuses. En Madrid las plazas son muy grandes y tenemos la Puerta del Sol. En Madrid tenemos el mejor equipo de futbol de Europa. En mi colegio en Madrid tenemos un uniforme con jersey gris y pantalones cortos hasta las rodillas. En Madrid……

Al principio de daba envidia. Me hacía ilusión imaginarme la capital del reino que solo veía por la tele. Así durante dos o tres días, hasta que empezó a cansarme, no sus historias, sino la forma y la reiteración de que en Madrid……. Ya estaba harto de tanto Madrid y de que aquí….

El día que se marchaban, mis tíos lo dejaron que se viniera a jugar por el pueblo con mis amigos. Después del juego regresamos los dos solos a casa y, mira tú por donde, no se me ocurre otra cosa que tirar por el callejón de atrás. El seguía presumiendo con sus historias y llegado a un punto concreto de la estrecha calle, me paré y, a voz en grito le dije:

PRIMO, ¿TU SABES CORRER?
¿Por qué?

 Al final de la calle me volví y vi a mi pobre primo con el miedo en la cara, intentando separarse de los espolones y los picotazos de un gallo, que como digo era casi del mismo tamaño que nosotros y que por fin había conseguido una presa fácil. Como pudo se escapó de su atacante y corrió sollozando hacia donde yo lo esperaba   aguantándome la risa.

En casa, mientras mi madre y mi tía le curaban las heridas, yo con cara de inocente le pregunté.

Primo ¿en Madrid no tenéis gallos por la calles?


domingo, 3 de octubre de 2010

El cólico nefrítico

Cólico nefrítico, oigan, cólico nefrítico. Sabéis lo que es, ¿verdad?, menos mal, de esta forma no tengo que explicarlo. Bueno, po eso, que he tenido unos diez más o menos. Los peores el primero y el último. El primero, porque no sabía lo que era hasta que llegó el médico de guardia y me puso el pinchazo mágico después de las   explicaciones. De esto hace veintitantos años. Posteriormente he expulsado los oportunos cálculo o piedra del riñón como decimos por aquí. Nada, esto sin problema, una sensación extraña, pero salen sin problema, por lo menos para mí.

Ahora, el último, el último ha sido de los buenos, tela de bueno. Empezó con el resquemorcillo en los riñones, poquito a poco. Como uno ya tiene experiencia se prepara un poco. Bañera con agua calentita y a relajarte, que ya has pasado por esto en varias ocasiones y sabes de lo que va. Pero nada. El dolor en aumento. De la bañera a la cama, a tumbarte que así duele menos. Te tomas una pastilla que dicen que es muy buena para los dolores, pero nada, estos siguen en aumento. Ahora en los riñones, ahora en la barriga, ahora en los riñones, ahora te vuelves a retorcer, ahora te estiras, ahora te duele más todavía, ahora sigue en aumento.
Mi mujer no puede más y, como ve que las pastillas no hacen el efecto que tiene que hacer, llama al médico de urgencia.

En estos momentos estamos saturados y no tenemos visita domiciliaria. Si lo prefiere le mandamos una ambulancia.

Imposible. No puedo estar estirado, ni puedo estar doblado. ¿Cómo me bajan del octavo hasta la ambulancia? En una “sillita”. Que no, que me espero, que esto  se pasará. El puñetero dolor en aumento. La experiencia en los anteriores no te sirve para nada. Este es más fuerte.
No sé cómo aguanté. Creo que fueron dos horas de sufrimiento. Estuve a punto de desmayarme. No exagero nada. Y las pastillas sin hacer efecto.
Cuando la cosa mejoró un poco, solo un poco, conseguí incorporarme y acercarme al Centro de Salud. Suerte que está a dos manzanas.

¿Cómo sabe usted que es un cólico nefrítico?
¡Porque no es el primero!

Vale, toquecito con el canto de la mano en los riñones y a ponerte la inyección en la sala de curas.
Por fin entra el enfermero. Yo, como es lógico, estaba preparado y deseando sentir el pinchazo de la aguja.

Pues yo tengo un cuñado que cuando le dan los cólicos se pega chocazos contra la pared.
Mira gilipollas (con la excusa del dolor uno se puede permitir insultos y otras palabras mal sonantes) ¿tú que crees que hago con los pantalones por los tobillos, el culo al aire, agarrado con mis pocas fuerzas a la cama y en esta postura tan indecorosa? ¿Proponerte algo, so mamón? ¡Que me pongas el pinchazo!
Es que me parece que no tengo Buscapina.
Me via cagá en to tus mulas. ¡Que me pongas ya lo que sea!

Menos mal que tenía el medicamento milagroso. Mano de santo, oiga, mano de santo.
Al poco tiempo hizo el efecto y desapareció el dolor. Con mi esposa me dirigí de nuevo a la consulta del médico para recibir las   recomendaciones.

Ya está doctor, ya no me duele, el dolor se fue. Muchísimas gracias y ahora no se preocupe que beberé mucha agua.
También puedes beber cerveza que está más buena y es muy diurética.

Tengo a mi mujer como testigo de esta recomendación del doctor. Os juro que estaba a mi lado y escuchó la frase. Que no me la he inventado.

Enormemente agradecido a tan insigne doctor abandonamos el centro de salud paseando plácidamente hacia casa. Yo no dije ni una palabra, fue mi mujer la que se atrevió a comentar: te diré una cosa, la farmacia es aquel local con una cruz verde en la puerta y no el local que tiene un muñequito gordito, vestido de rojo y con una jarra en la mano, así que cruza la calle y vamos para casa.

Y ahora, queridos amigos, me marcho a comprar el pan y de camino me pasaré por la “farmacia de guardia” a tomarme una pequeña dosis de medicina, pero eso sí, con moderación.

jueves, 26 de agosto de 2010

Libro de familia


En el escrito anterior os comentaba la historia del nombre que consta en mi DNI. Ahora permitirme que os comente los nombres de mis hijos. Mi hijo nació va a hacer ahora veintitrés años. A los pocos días, con toda la documentación en regla, este orgulloso padre se pasó por el Registro para asentar en el libro de familia aquel morenillo canijillo que había llegado para alegrarnos la vida a mi santa y a un servidor.
Entregué los papeles y me dispuse a esperar ya que había dos o tres padres atontaillos como yo, haciendo este fantástico trámite burocrático. Al cabo de un tiempo llego el señor funcionario y dijo la palabra mágica:

¿VICTOR?

Os juro que me pegó un vuelco el corazón. Era la primera vez que escuchaba el nombre de mi hijo en boca de otra persona que no fuera mi mujer. Seguro que puse cara de tonto, de pánfilo. El cuerpo no me cabía en la ropa. Hinchado como un pavo real, me apresuré a coger el libro de familia y ver escrito en aquellas hojas una palabra que me había sonado a sinfonía. Para mí no había nadie más en el edificio. Solo yo y ese sonido mágico que acababa de escuchar. De verdad que no sé como expresar lo que sentí en aquel momento. Llegué a casa y, orgulloso, le enseñe a mi mujer esa hoja donde con unas letras caligrafiadas a la antigua usanza, estaba su nombre. A mi mujer se le cayeron unas lágrimas de alegría.

Tres años más tarde vino mi princesa, perdón, nuestra princesa, y me dispuse a repetir ese bendito trámite. Las oficinas del registro estaban en otro edificio más moderno, más informatizado. Me encontré con la sorpresa que no había nadie delante de mí, que yo era el único. Le dí la documentación a la señora funcionaria y espere el mágico momento. Pero observé una cosa: si yo estaba solo en el mostrador, se limitaría a darme el libro de familia y sanseacabó. No escucharía la música que esperaba, la Palabra, El nombre de ella. 
Me hice el loco, disimuladamente de retiré un poco hasta colocarme en la puerta de la pequeña oficina.Mientras la funcionaria comprobaba los datos y hacía su trabajo, me coloqué estratégicamente en el pasillo de forma que ella no podía verme. Al cabo de unos minutos me llamó. ¿oiga?. No, no puede se, !que no!. ¿Oiga?. No podía verme y seguro, pensé, que sale a buscarme. Pero no. Lo hizo. La nombró.


¿PAULA?

El sonido mágico volvió. Llamaba a mi hija, la llamaba por su nombre. Con la misma cara de tonto que puse con su hermano, con esa sonrisa de padre henchido de orgullo por haber escuchado en boca de una extraña, y por primera vez, un sonido que volvió a parecerme el mejor sonido del mundo, entré y le dije: Si, es mi hija, gracias.

Fueron dos momento irrepetibles. Momentos y sonidos que este humilde aprendiz de padre no olvidará en su vida.

lunes, 23 de agosto de 2010

Un servidor




Después de unos días ausente, algunas mentes malpensadas dicen que corriendo, con el culete al aire, tras un par de bañadores por un huerto, creo que va siendo hora de que este humilde aprendiz de bitacorero, o de bloguero, o de como se llame esto, se presente despacito pá no molestar y no enrollarse mucho.
Y empezaré por mi nombre. Como os imaginareis lo de Naranjito es un nick (je je, sé lo que significa, nick = mote).
Al grano Naranjito.
Cuando nací, hace menos de medio siglo ¿vale?, mis padres vivían en unas casas junto a las minas que habían en mi recordado El Pedroso.
Estando mi madre embarazada de un servidor el ingeniero jefe de mi padre le dijo:
Mira Carmelo, si tienes un varón, como será el primer niño de los trabajadores de la mina, hazme un favor, de primer nombre le ponéis el que halláis decidido, pero de segundo nombre podríais ponerle el nombre de una de las minas.
Mi padre acepto gustoso y mi madre también, pero puso una condición: ella escogería el segundo nombre.
Este, que torpe y gustosamente os escribe se llama CARLOS MANUEL, nombre de héroe de telenovelas, Carlos para los amigos y Cá'lo en andalú.
Si observáis la foto, había dos minas en mi pueblo.
Creo que si santa y añorada madre acertó con escoger el segundo nombre entre las dos opciones ¿no creéis?


Notita breve: la foto es del libro EL PEDROSO..... Imágenes para el recuerdo, W. Marín Gallego

viernes, 6 de agosto de 2010

Los miedos infantiles

Hace mucho tiempo, cuando en los pequeños pueblos de la sierra no había televisores, sin contar cinco o seis aparatos, el del alcalde, el del médico, uno en el cuartel de la Guardia Civil, otro en el bar de la piscina municipal y pocos mas, los vecinos tenia la suerte de contar con el Teleclub. Por unas pocas pesetas al mes disfrutaban de una cadena de televisión, la UHF tardaría años en llegar. Los fines de semana: el fútbol, los concursos, los periquitos, que algunos llamaban dibujos animados, los programas de música, las películas, en fin, toda una amplia programación que asombraba a pequeños y grandes.
El local no era muy grande, bien situado, junto a la plaza del pueblo, en pleno centro. El mobiliario os lo podéis imaginar, varias filas de sillas de enea mirando hacia la pared donde, en alto, sobre una estantería, estaba el televisor comunitario. En uno de los rincones una puerta daba al servicio de caballeros, no había de señoras ya que estas no solían visitar el local. En el techo un par de ventiladores para refrescar un poco el ambiente y al fondo una vieja mesa y una silla donde se sentaba Pepe el del Teleclub. Sobre la mesa unos cuantos paquetes de pipas, kikos, garbanzitos, gominolas y varios paquetes de tabaco abiertos para vender los cigarros sueltos. El bueno de Pepe, mutilado de guerra, aparte de llevar en una libreta el control de los cobros, le hacia la competencia al quiosco de chucherias que había en la plaza cercana.
En las primeras filas se sentaba la chiquilleria y según se alejaban aumentaba la edad de los espectadores.

Un verano, nuestra querida y única Televisión Española, emitió durante varios Sábados un ciclo dedicado a películas de miedo que es como llamaba la chavalería a el cine de terror. El ataque de las hormigas gigantes, El fantasma de la ópera, La momia, Drácula ....

El y su amigo Morgado, cuando terminaba la película, a eso de las once o doce de la noche, regresaban a sus casas comentando y jugando a los héroes o los villanos de las imágenes que acababan de ver. Las pocas calles hasta sus casas siempre estaban llenas de vecinos tomando el fresco sentados en las puertacasas. La única zona donde no había gente a esas horas, era junto a la iglesia.
Por esa zona, iluminada por pequeñas farolas en la fachada, cesaban un poco sus juegos, aligeraban el paso y buscaba la esquina de su calle.

Fue una noche veraniega, después de ver una de Drácula, con el escalofrío cogiéndolos por la espalda, cuando al pasar por la iglesia y sin saber porqué miraron hacia arriba.
Lo vieron salir del campanario. Volaba o planeaba en circulo sobre ellos. Los pequeños faroles iluminaba sus alas desde abajo dándole un color grisáceo blanquecino. Después de varias vueltas sobre sus cabezas, aquel ser maligno, lentamente y sin ruido, se perdió tras una tapia donde estaba el huerto de Pepelope.
El miedo los paralizó, se miraban y sin decir palabras se hablaban. No puede ser, Drácula tiene un traje negro y este es blanco. No puede ser, ha salido de la iglesia y Drácula no puede ver cruces ni pisar suelo sagrado. Se ha parado en el huerto de Pepelope, el viejo que nos persigues cuando cogemos membrillos de sus arboles. ¿Y si Pepelope por las noches se convierte en Drác....?
En aquel momento el miedo que les sujetaba las piernas los liberó durante un instante y aprovecharon para salir corriendo.

Su amigo Morgado fue el primero en llegar a su casa, el siguió corriendo, la suya era de las últimas de la calle. !Encima!. Su madre charlaba con las vecinas sentadas en sus mecedoras cuando, al pasar a su lado, no pudo dejar de escuchar la conversacion.

Ayer, Sebastian el sacristán, después de misa de ocho, me dijo lo de la lechuza.
¿Que lechuza?
¿No te has enterado Carmen?
No, ¿que pasa?
Pues nada hija, que una lechuza ha anidado en el techo del campanario y D. Manuel el cura quiere que la espante de allí, que dice que estos bichos se beben el aceite de las velas.

Se quedó en el zaguán escuchando a su madre y las vecinas. Su mente de crío no dejaba de pensar.

¿Una lechuza? ¿Seguro? ¿No era Drácula?. Sí que era Drácula pero en vez de murcielago, se convierte en lechuza. Seguro que era Drácula y Drácula es el viejo de Pepelope. Yo no le robaré mas membrillos de su huerto. De noche una lechuza y de día un viejo con un bastón que persigue a los niños que entramos en su huerto.

!Mamá! ¿Donde está papá?
Esta con los amigos, ahora viene, ¿por que Carlitos?
Por nada, porque me gusta que este en casa de noche conmigo.


Dedicado al Señor de los Ladrillos, D. Rafael