domingo, 19 de junio de 2011

Las enfermeras

¿He contado que tuve el tifus? ¡Ah! sí, ya me acuerdo lo conté en su momento. Bueno, pues después de que aquellas inyecciones obraran el milagro, mi médico me recomendó que me hiciera el análisis de sangre en otro lugar para cotejar los resultados. Yo, que por aquella época era más chulo que un ocho, no se me ocurrió otra cosa que presentarme en una clínica privada. No le haré publicidad, pero solo os diré que está en la avenida Manuel Siurot y es donde operan a los toreros de las heridas causadas por los astados. Ya sabéis a la clínica que me refiero ¿verdad? Pues nada, que entro en la sala de extracciones y mi primer pensamiento fue: ¡esto es una cámara oculta para un programa de televisión! ¡Esto no puede ser verdad!

Pero allí estaban ellas, una rubia y una morena, igualitas que las que aparecen en las páginas centrales de las revistas especializadas en entretener al género masculino. Esto último lo sé porque me lo han comentado ¿vale? 

Una rubia y una morena, con su correspondiente uniforme de enfermera. Por cierto, los encargados de vestuario del hospital se debieron equivocar porque les dieron tres tallas menos, a lo ancho y a lo largo, Bueno mejor a lo corto, “solo” le llegaba la falda a un palmo por encima de las rodillas, dejando casi al descubierto unas piernas torneadas que….. (Se me olvidaba decir que mi mujer, mi novia por aquel entonces, me acompañaba junto con una pareja amiga, y no me permite dar muchos detalles y recordar el encuentro con las sanitarias). Uniforme blanco y casi transparente, o al menos eso me parecía a mí. Lo digo porque el logotipo de Plaitex se distinguía perfectamente entre los dos botones  que abrochaban la parte de arriba, dos botones de los cuatro del minúsculo vestido.

Y allí estaba yo, sentado, con el brazo apoyado en la mesa y pensando cuando saldría el presentador y decirme aquello de está usted en un programa de televisión. Pero no, de momento estaba solo con aquellas mujeres que me parecían de mentira. Empezó la exuberante morena a ponerme la tirita de goma en el brazo y a buscar la vena donde introducir la aguja, cosa fácil porque el corazón bombeaba a buen ritmo. Ligeramente inclinada hacia mí, me preguntó si me daba miedo las inyecciones a lo que yo respondí negando con la cabeza porque no podía articular palabras. Definitivamente la marca del sujetador era Plaitex. ¿Chanel nº 5?, posiblemente y encima ya había estado en la playa, lo digo por el color de piel que lucía en sus pechos que… (Vale cariño, no sigo dando detalles).

Y allí estaba yo, sentado, con el brazo apoyado en la mesa cuando me dijo aquello de abre y cierra la mano. ¿Qué donde estaba la mano? Justo ahí, a veinticinco coma cuatro milímetros, es decir, una pulgada, del ultimo botón a punto de estallar por no poder abrochar el vestido. Abriendo y cerrando la mano con suavidad para alargar el momento. Pero tuve que girar la cabeza, esto es una cámara oculta, esto es una cámara oculta, seguía pensando.  Giro la cabeza y ¿a quién me encuentro? A “mi” enfermera rubia, buscando unos papeles en un archivador y no podía agacharse como cualquier mujer pudorosa, no. Ella tenía que inclinar el cuerpo para que este atónito embobado se fijase que también había estado en la playa, por el color moreno que lucía, que, efectivamente, como había intuido a través de la nitidez del uniforme, la ropa interior era negra, que… (Vale esposita, si ya apenas me acuerdo, ya no doy detalles).

Ahora es cuando sale el presentador y dice aquello de… No, el que salió fue un servidor, sujetando fuertemente el algodón sobre el insignificante pinchazo y diciéndole a mi amigo que me esperaba en la puerta: -Quillo, entra y hazte un análisis. -¿Yo?, ¿pa qué?. –Anda entra y mira. Solo le dio tiempo de asomar la cabeza por la puerta. Cuando estaba remangándose la manga de la camisa para disfrutar del análisis de sangre, nuestras “leonas”, hoy en día nuestras sufridas esposas, ya nos habían cogido fuertemente y tiraban de ambos camino de la calle. Por lo visto, habían estado pendiente de este sufrido paciente y, sobre todo, de las dos “raposas” (he tenido que buscar un sinónimo para la palabra que les dedicaron a las empleadas de la clínica).

Por cierto, esta semana he tenido el reconocimiento médico anual en la fábrica. Cuando entré en el departamento galeno me encontré con mi diplomado en enfermería. Se llama Manolo, mide 1,90 de alto por 1 de ancho. Y allí estaba yo, sentado, con el brazo apoyado en la mesa y diciendo: -Manué, tu todavía no has ido a la playa, ¿verdad? –Estás colgao, Naranjito, estas colgao.

viernes, 10 de junio de 2011

El coche exclusivo



Mi primer coche fue un Simca 1000. Ya era viejo (el coche, que yo era un chavalín con dieciocho añitos recién cumplidos), cuando mi padre me permitía cogerlo de vez en cuando para ir soltándome en esto de la conducción “responsable”.  Era rojo, como el de la foto, pero tenía la particularidad del color del capó. Después de un pequeño percance sin importancia que sufrió mi padre, tuvo que cambiarlo y le puso uno de color crema. Yo decía que era un coche exclusivo, único, personificado, no había otro igual. Encima tenía matricula de Valencia. ¿Cuántos había en Sevilla con estas características?. Lo dicho un coche exclusivo.

El viejo coche nunca me dejó tirado. Un pinchazo de vez en cuando, cambios de batería, algún que otro manguito de refrigeración, bujías y platinos de encendido y poco más (¿dónde estarán los buenos desguaces  antiguos?). Gracias a estas pequeñas averías aprendí un poco de mecánica. De chapa estaba muy cortito, tan cortito que a una buena amiga se le clavó el tacón de su zapato de fiesta en el suelo de la parte de atrás y le costó la misma vida sacarlo. Mi padre me cortó el rollo y reforzó con unas planchas de chapa todo el fondo. Aún recuerdo la risa nerviosa diciendo aquello de espera que no puedo salir del coche. Las puertas de atrás solo se abrían desde fuera, como la de los coches de policía. Si les quitabas el seguro y cogías una curva un poco más rápido de la cuenta, se abrían por arte de magia.  Eran otros tiempos y otras carreteras.  Un pequeño tuneado más,  el asiento del conductor. Se le jubilaron los muelles y mi augusto padre consiguió un asiento de un modelo más moderno y encima requinable. ¿He dicho algo sobre los desguaces antiguos?, ¡ah sí, que ya no quedan!

Suelo “atrapazapatosdetacón”, puertas que se abren solo desde fuera, asiento del conductor requinable… no seáis mal pensados. Seguro que estáis recordando la canción de Los Inhumanos, aquella que decía algo así como: ¡qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000, en un Simca 1000! Si me prometéis que no se lo contáis a nadie os diré que era igual de fácil o difícil que hacerlo en un Seat 127, un Supermirafiori o en un Dyane 6. Dependía de los dos, es decir: de tu pareja que es la que manda. 

Bueno, po al grano. Que tenía un coche exclusivo y único. Rojo, con el capó casi blanco. No había otro igual. Solo yo era el afortunado conductor.

-Oye, anoche te busqué por La Recua y no te vi, y el coche de tu novio estaba en los aparcamientos.
-Niña, el viernes por la noche estabais en la calle Betis, que aparcamos detrás del coche de tu novio, a ver si quedamos los cuatro.
-¿Qué? El sábado en la feria de Alcalá, que bien te lo montas. Cuando entramos vimos el coche de tu novio aparcado junto a la portada.
-Vecina, ¿cómo fue el partido? ¡Anda que no estaba bien aparcado el coche de tu novio! ¡Junto a la entrada de gol sur!

Venga, conductor de un coche exclusivo, dales explicaciones a tu novia, dile, y sobre todo convéncela, de que no estuviste con tu amigo “Güisqui” en la discoteca de moda de la época;  convéncela de que no podías estar en la calle Betis de noche porque te fuiste a casa cuando la dejaste a ella; convéncela de que la feria de Alcalá solo la pisas acompañado de ella; convéncela que el domingo por la tarde estabas estudiando y al equipo de tus amores solo lo escuchaste por la radio. Y al final haber como la convences de que tu novio no tiene un coche exclusivo.
Las cosas de la edad y de aquellos maravillosos años.

P.D. Mi segundo coche fue un Renault 5, de color blanco, del montón. 

lunes, 6 de junio de 2011

La venganza

Llevaban una semana en una ciudad costera intercambiando conocimientos con compañeros de otra sucursal de la fábrica. La dirección llevaba años organizando estas jornadas que servían, entre otras cosas, para evaluar el grado de aprendizaje y el grado de estandarización de los procedimientos productivos. A primera vista parecía un auténtico tostón. Pero en realidad todos los empleados deseaban ser los elegidos, pasar unos días en la playa a gastos pagados y recabar nuevos conocimientos que aplicar en sus quehaceres diarios. Acudían de todas las secciones: logística, ventas, financiero, mantenimiento, producción… En esta ocasión, Eustaquio, fue seleccionado para desarrollar un curso sobre la “operatoria del trabajo diario”.  De la fábrica al hotel y del hotel a la fábrica. Así durante toda la semana. Por las tardes preparaba los apuntes y diapositivas con que intentar enseñar sus métodos aprendidos a través de la experiencia y conocimientos que dan los años de trabajo. 

Mejías, su compañero de habitación, tenía la suerte de “solo” acudir por las mañanas para formarse en las nuevas líneas de producción que más tardes instalarían en su fábrica. Siempre estaba bromeando, apenas lo dejaba dormir y siempre dándole la lata. Cosas de la juventud y de los muchos ratos de ocio. Ropa que desaparecía, apuntes y notas que se desordenaban solas, café con extra de azúcar, mucho extra, y un sinfín de travesuras, por otro lado sin importancia.

El día antes de su regreso el grupo decidió salir a cenar todos juntos y despedirse de la bonita ciudad que comenzaba a tener  ambiente veraniego. En el paseo marítimo lleno de terrazas y paseantes, la fauna urbana nocturna  disfrutaba de las benignas temperaturas de final de primavera. La fauna urbana y los depredadores en busca de víctimas o clientes para sus negocios. Seis hombres solos son, en principio, una buena manada que dirigir hacia los “bares de colores” de las afuera de la ciudad. Cada dos por tres le obsequiaban con panfletos en los que se podían ver fotos con voluptuosos reclamos: ¡!Pruébame!!, ¿Jugamos?, !Maduritas interesantes!, ¡Rusas ardientes!, ¡Ofertas privadas: 3 x 2!...
No estaban por la labor de visitar estos lugares y tranquilamente se resistían a la erótica publicidad. Todos la rechazaban menos uno. Canales, quien nos iba a decir que con lo serio que tú eres te gustan estas cosas, je je. Hizo buen acopio de aquel material gráfico cogiendo varios ejemplares de cada. Fue el primero en marcharse al hotel no sin antes aguantar los comentarios chistosos de sus compañeros. ¿Qué harás con tantas fotos, viejo? ¡Quién te ha visto y quién te ve! Pero él no se lo tomó mal y se marchó a descansar. Al día siguiente regresaron todos a su ciudad recordando los buenos ratos pasados en los cursos.


Marisa, la fiel y abnegada esposa de Manolo Mejías, deshizo la maleta de su marido y se dispuso a lavar y planchar la ropa para que el lunes siguiente estuviera su marido como un dandi y poder presentarse en la reunión con los jefazos y explicar lo que había aprendido. Fue ella la que descubrió, en el bolsillo superior de la chaqueta, algo que le llamó la atención, saco los papeles y los leyó con asombro

¡!Pruébame!!, ¿Jugamos?, !Maduritas interesantes!, ¡Rusas ardientes!, ¡Ofertas privadas: 3 x 2!...

Pequeña nota final: El enfado de Marisa duró exactamente tres días. El tiempo que tardó Eustaquio Canales en explicarle la vengancilla que le preparó a su compañero por las horas de  puñeterías que le había hecho pasar. Bueno, tres días de verdad, pero el bueno de Mejías estuvo dando explicaciones un par de semanas más.

viernes, 27 de mayo de 2011

El portero del Betis.




Hace unos días estuve en tu Primera Comunión. Contigo y tú familia nos lo pasamos muy bien, sobre todo yo. Y me lo pase bien porque tuve la suerte de disfrutar de una fiesta del futuro portero de la selección española de futbol. Así, tal como suena. ¿Y por qué pienso esto? Nada más hay que verte en las fotos que me facilitó tu padre. Tienes pinta de portero, pero de portero de los buenos. Eres serio, muy serio,  seguro bajo los palos, sabes mandar a tus compañeros y  tienes visión de juego. Me he dado cuenta yo, que soy muy torpe para esto, y se dieron cuenta los ojeadores del glorioso Real Betis Balompié, el equipo donde tienes el honor de jugar. Eres una muestra de los miles de chavalines de tu edad que disfrutan con este deporte. Que disfrutan y se sacrifican por disfrutar.

Tu padre te lleva y te trae a los entrenamientos, a los partidos, a tu colegio, a donde haga falta. Todo el día pendiente de ti y por supuesto de tu hermano mayor. Y se le cae la baba cuando habla de su hijo. ¿Cuántos kilometro se habrá hecho? ¿Cuántas horas de trabajo ha perdido por ayudarte en tu sueño, que poco a poco se está haciendo  realidad? Las crónicas que hace de tus partidos son geniales. Hay que ver cómo nos ganó el Ajax, a base de patadas y de faltas. ¿Qué dices tío, el Ajax de Holanda? Sí, es que estuvimos en Portugal jugando el Mundialito de futbol Benjamín. Así cada vez que nos vemos. Y de tu madre que podemos decir. La soledad de la madre del portero, junto al banderín del córner, para no influirte. Es que cuando falla un delantero no pasa nada, pero cuando falla el portero….. que mal se pasa.


Bueno Joaquín (nombre mítico en las filas de mi equipo y de la selección), Sigue así. Sigue entrenando y aprendiendo. No descuides los estudios, aunque me consta que de eso ya se encarga tu madre que para eso es del gremio docente. Sigue dándonos alegrías, sobre todo a los sufridos pero fieles seguidores del Betis. Sigue dando ejemplo de pundonor, de lucha, de dedicación. Sigue dando ejemplo de que siempre estamos aquí, los aficionados y los futbolistas. Los Futbolistas de tu edad son el reflejo donde se miran los “profesionales” del primer equipo. Ahí está la prueba, este año hemos sido un equipo de hombres y no de nombres. Habéis estado abandonados muchos años atrás, pero la nueva era ha comenzado, aprovéchala.

Tu sueño es jugar en un equipo inglés, el Glasgow Rangers o el Everton (*). A mi me resultó extraño porque en Sevilla los niños tiene la suerte de ser del Real Betis Balompié o del Sevilla FC. No Naranjito es que ha jugado contra  estos equipos y ha conocido su organización y su profesionalidad, a años luz de lo que conocemos en España. Para eso inventaron el futbol. Dentro de unos días te veré en la tele en un campeonato de selecciones provinciales, ¿ves Joaquin como ya empiezan a fijarse en ti? Seguro que disfrutaré con el juego, que en vuestras edades es lo mas gratificante que existe lejos de los grandes intereses de los profesionales. Te veré y me solidizaré con los cientos de padres que se sacrifican por haceros felices.

Y para acabar que me enrollo como una persiana, solo te pido una cosa: Cuando, gracias a tu trabajo y esfuerzo, levantes la copa como campeón del mundo acuérdate del marido de la prima de tu padre. De un servidor. Por cierto, me conformo con poco, solo con disfrutar de la gente sencilla, trabajadora, luchadora y honrada.

Un abrazo y un estrechón de manos Don Joaquín Lora.


(*)Situación que le alegrará mucho a tu familia por parte de tu madre, que me consta que son seguidores del “otro” equipo de nuestra ciudad, que aunque te quieren mucho, eso de que seas el portero del Betis benjamín no lo acaban de asimilar.

viernes, 20 de mayo de 2011

Las palomas

La historia empezó con dos o tres ramitas. En el pequeño voladizo que unía su terraza con la de la vecina, una collera de palomas comenzaron a construir su nido. Para su mujer y su hija era toda una aventura. Disfrutar en vivo del milagro de la vida, ver como la naturaleza reventaba en primavera desde los arrullos   amatorios iniciales, pasando por la incubación de los huevos, para terminar en la eclosión de  los mismos  de donde salieron dos polluelos. Vieron como los padres se turnaban para alimentarlos y más tarde enseñarles a valerse por sí solos y echar a volar en busca de otro voladizo o terraza donde comenzar con su nido propio. Incluso les alimentaban a escondida con abejarrones (o como se diga) que compraban en la semillería del barrio. Pero aquí comenzó el problema.

Esta pareja, una vez liberada de la carga familiar, comenzó con la crianza de otros nuevos retoños. Y a la pareja pionera se les unió otra pareja más, y otra, y otra. Así hasta cuatro niditos poblaron el voladizo estratégicamente protegido. Pero el problema pasó de castaño a marrón oscuro. Y tela de marrón, marrón tirando a caca, caca de paloma. ¿Saben ustedes, mis sufridos y abandonados seguidores, como hacen estos bichos sus hogares?. Es bien fácil: dos o tres ramitas, a lo sumo, y el resto con excrementos que depositan los progenitores y sus descendientes. Al cabo de las semanas el volumen y el peso de la mierda, con perdón, es tal que parece un estercolero preparado para el compost con el que hacer abono para las plantas. Pero claro, ahí no queda la cosa. Estos animalitos asilvestrados tienen otro problema añadido. El noventa por ciento están enfermos, tienen parásitos y unas cuantas  enfermedades. Las ratas del aire les llaman.

Comenzó la cruzada contra los pichones. La primera fase se completó con éxito. Se trataba de convencer a la parte femenina del hogar (su mujer y su hija) de lo pernicioso de los okupas aéreos. Pero la segunda, y más importante, fue lo complicado. Bolsas de plásticos, nada; molinillos de papel, nada; cedés viejos que ya no se escuchaban ni en el coche, nada. Así un montón de remedios, más o menos caseros, que iba recabando por todos lados. Pero no había manera. Otros de los problemas era la altura. A pesar de vivir hacía años a ocho plantas del suelo seguía teniendo miedo a la altitud, que no vértigo, eso no.

Pero allí estaba su hijo, su coleguilla y, al mismo tiempo su asesor en muchos temas. Papá, no te preocupes, le preguntaré a mis compañeros de la vecina facultad de biología algún remedio. Vale hijo, si no dá resultado aplicaremos el plan B. ¿El plan B?. Si, tráete de la facultad uno de los cacharros electrónicos esos con que tú practicas y le damos un buen lingotazo de voltios, watios, amperios o lo que sea.

A los pocos días había un par de macetas con plantas verdes y preciosas, colgando de la barandilla de la terraza. Mira papá, igual que la albahaca ahuyenta a los mosquitos, me ha dicho una amiga que esto acabará con el problema que tienes con las palomas. Mano de santo, oiga. A los pocos días empezaron a desaparecer. Según iban picoteando de las plantas y sus pequeñitas flores, no volvían. Algunas incluso se les veían caer en picado como avión derribado por el Barón Rojo. La pobres viejecitas que se sentaba en los pocos bancos de la calle para alimentarlas, se quejaban de las pocas que estaban quedando, me refiero a las palomas no a las viejecitas. Lo de limpiar las deposiciones ya se encargarían cuando pintaran el bloque, que ya tocaba.

Un domingo, su compadre y la esposa de este (amiga de su mujer, por lo que no haré ningún comentario al respecto) pasaron una deliciosa velada y a la hora del cigarrito salieron a la terraza. ¡Ostia compadre que sabes que soy subinspector de la brigada de estupefacientes!.   ¿Y a qué viene eso ahora?.   ¿Qué a que viene? ¿Tú sabes que plantas son estas que tan bien cuidadas tienes? ¿O es que estas recordando tu época hippie? Po no te das cuentas que esto son plantas de cannabis sativa?   ¡no me jo…! ¿De maría?, pues las ha traído tu ahijado.   Con mi ahijado hablaré luego, so pedazo de ma…..

Quitaron las plantas pero al poco tiempo volvieron a salir unos pequeños brotes. Él decidió dejarlas que crecieran, en prevención del posible regreso de las ratas voladoras pero su santa y sufridora esposa se encargaba de quitar los nuevos brotes. ¿Sabéis por qué? 

¡Porque los gatos se purgan el estómago mordisqueando plantitas verdes!