Hace unos días comentaba que me
tenía que pelar, ¿y donde me pelo? pues en la barbería de mi amigo Raúl
Murillo. Antes de seguir, esto no va de publicidad a la barbería, de eso ná de ná, seguro que la próxima vez me cobra el importe
correspondiente, como siempre. ¿Y de que va esto? Pues esto va de varias cosas,
a saber:
El bueno de Raúl, que comparte
apellido con el insigne pintor sevillano, pero creo que familia no son, decidió
hace unos meses dejar el local alquilado donde ejercía su trabajo y embarcarse
en una nueva aventura. Para ello compró un local, lo reformó, lo lleno de
enseres y se puso a cortar pelos a todo aquel que se lo pide.
¿Facilidades y ayudas para ello? Todas las
habidas y por haber. ¿El banco? Mañana puedes disponer de la pasta. ¿El permiso de obra? Sobre la marcha. ¿El
agua? Antes de que usted salga de la oficina de contratación la tiene
instalada. ¿Sigo? Mejor no, la ironía no la entiende mucha gente, y este último
párrafo no se lo cree nadie.
Pues nada, que después de muchas
semanas de obras y sofocones, inauguró el nuevo local.
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| Foto hecha desde lejos, Dos de los que aparecen me pueden canear si me pillan |
De izquierda a derecha: un currito
subido a una escalera, el ínclito Raúl, el alarife que le hizo la reforma, el
jefe de la empresa de los toldos y otro currito subido a otra escalera. Que
conste que los tres del centro están supervisando los trabajos y no incordian
para nada la labor de los operarios, solamente algún comentario que otro.
Vale, y ahora al meollo de la cuestión. Lo
primero la profesión. Yo cuando era jovencito, hace nada, me pelaba en una barbería
de tíos y me pelaba un barbero. Ahora resulta que me pela un estilista con
título. Y encima entran mujeres. Unisex pone en la puerta, pero digo yo que
debería poner multisex, ¿no? ¿Problemas con que también atiendan a féminas?
Ninguno, bueno si, algunos. Verbigracia los temas de conversación. ¿De qué
podemos hablar los tíos delante de las mujeres enfrascadas en los bigudíes,
permanentes, mechas, extensiones y todas esas cosas? Pues de casi nada. En mi
barbería juvenil hablábamos de mujeres, de futbol, de mujeres y de esos temas de
conversación varonil (de futbol y de mujeres). Ahora ¿de qué podemos hablar? ¿De
mujeres? A ver quién es el valiente. Si en el barrio se conocen todas, y si no se conocen se
enteran. Cualquiera se atreve. ¿De futbol? ¿Hablar
de futbol con mujeres? Yo por lo menos no. Siempre salgo perdiendo, y si encima
la señora es sevillista me da por todos lados (de momento). A continuación una
transcripción de la última conversación mantenida con mi estilista particular:
-Quillo ¿Qué? –Po ya ves. -¿Y el
curro? –Bien, ahora estoy de tarde.
-¿Cómo siempre? –Enga. -¿Y las
vacaciones? –Cortitas. …(silencio)… -¿Cuánto es? –Lo mismo que la última vez.
–Aquí tienes, hasta luego Raúl. –Hasta luego Carlitos.
Y ahora el local. Antes las
barberías estaban llenas de objetos. Tijeras, peines, cuchillas, cachivaches
diversos, dos o tres sillas, almanaques en la pared de varios años atrás (la
faldillas con los números del almanaque se cambiaban pero Samantha Fox…..), dos
o tres sillas y un largo etcétera.
¿Y ahora que hay? Ná de ná. Minimalista que le llaman.
Hasta los botes para pulverizar el agua son de diseño y reciclados. De diseño
del bueno made in Murillo Peluqueros. Mira que chulería (solo agua ¿vale?)
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| El contenido original de los botes se agotó en la inauguración, creo. |
Y lo mejor de lo mejor, de sillas nada de
nada, para esperar tu turno, todo un chéster, o sea, un sofá de dos plazas de
toda la vida. Chester suena más “cooul”, pero eso es un sofá. Y lo del fondo
resulta que es un “photocall” para retratarse después del trabajo hecho por el
estilista, ¡casi ná!
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| El sofá y el fotocol |
Se me olvidaba, Raúl es muy bueno, y muy baratito, y Bético, y buena gente y yo no soy nada de pelota ¿vale?








