lunes, 6 de abril de 2020

Micaela, los datos que faltan



Bueno, sigo confinado y sigo investigando. He descubierto y contrastado en distintas fuentes, nuevos datos sobre el origen de la raza Van Turco. Ya sabéis que discrepo con Germán su veterinario, él dice común y yo digo que nada de nada, que de común nasti de plasti. Vamos a la historia y a la morfología.

Resulta que el gato Van Turco, conocido también como turco cat, cosa de los ingleses que le tienen que dar la vuelta a todo, es una de las razas más antiguas que existen. Se han descubierto joyas de los hititas, un pueblo que vivió hace una jartá de años en la península de Anatolia, con representaciones de estos mininos. También hay documentos literarios, me imagino que  en escritura cuneiforme y en cuadernos de barro, que hacen mención a “los gatos de cola anillada”. O sea, que hace milenios que ya existían. Desde los tiempo de Noé, él del arca.

Estos gatos viajaron con el patriarca de las barbas blancas en ese peaso de barco que construyó para salvar a los animales. Pero, como nosotros, estaban confinados y eso lo llevaban mal. Así que, sin pensarlo mucho, se lanzaron al agua (recordar esto para más adelante) y buscaron tierra firme. La encontraron junto al lago Val y allí se instalaron antes de que la palomita esa regresara al arca con la ramita de olivo, ¿o era de romero? No sé, me da igual, el caso es que se aclimataron y desarrollaron un pelaje denso para acostumbrarse al clima de la zona. Y bien que se acostumbraron, y tuvieron su premio del que hay varias versiones.

La versión judía dice que Dios, después del diluvio, acaricio con su mano la cabeza del gato y de ahí su característica mancha de tres colores. Otra versión es la islámica, que es lo mismo pero cambiando Dios por Alá. No he encontrado versiones de otras religiones. Lo budistas son grandes protectores de animales, pero creo que Buda al único que acarició fue al simple del tigre. El caso es que esa típica mancha es conocida como “la huella de Dios” o “la huella de Alá”.


Lo de la huella


Siendo bendecidos por la mano de Alá o de Dios, según gustos, los humanos repararon en ello y rápidamente expandieron por las tierras de Persia, Turquía, Armenia, las estribaciones del Tigris y el Éufrates y el resto del mundo a la raza más milenaria y más bendecida por las altas deidades.

Y ahora la morfología.

Son gatos más bien grandotes, fuertecitos, corpulentos sin exagerar y robustos sin pasarse. Llegan a pesar ocho kilos. Ofú, Micaela no llega al año y pesa cuatro kilos y eso que no para de hacer ejercicios.

La cabeza la tienen redondita y el hocico normalito, nada de chatos como uno que yo conozco que se llama Wifi (¿vale Germán?). Las orejas más bien grandes y los ojos profundos y almendrados. Pueden ser cada uno de un color, azules o, como es el caso de Micaela, ámbar. Me vais a perdonar, pero de colores me quedé en los básicos y primarios.

El pelaje es largo, suave y sedoso. Sin nudos, corto en verano y largo en invierno. No se le enreda y tampoco lo suele soltar porque es como lana. La cola poblada y larga. Y más bien gordita por la cantidad de pelo.


Lo de la cola

El color ya lo sabemos, blanco como el azahar a excepción de la cola que la tiene con anillos de tres  colores entre castaños y cremas,  que sí, que yo me quedé en los básicos y no se distinguirlos. Y la huella de Alá, claro, en la cabeza. Algunos ejemplares también tienen esos colores por el lomo, son los menos. Y eso fue porque Dios o Alá, alguno de los dos, se pasaron acariciándolos.

Y ahora el carácter.

Tienen una personalidad independiente pero más que el resto de los gatos. Inteligente, traviesos y activos. Además, y es por lo que son famosos, les gusta el agua. Tal como suena. ¿Os dije que recordarais lo del Arca? Pues eso. Les encanta chapotear en los charcos o en cualquier lugar que puedan jugar con el agua. Incluso en las piscinas. Micaela lo único que ha hecho de momento, es jugar con la fuente donde bebe. Bueno, una vez me la encontré metida en la bañera. Estaba vacía, pero cuando no estén mi mujer y mi hija, cosa difícil estos días de encierro, la lleno de agua a ver lo que hace. Prometo meterla poco a poco y con el agua templaita.

Son sociables con los miembros de la familia. Con los extraños Micaela lo que hace es pasar olímpicamente. Menos con el perro de nuestros vecinos. Una especie de caniche chiquitito que se coló un día en casa sin darnos cuenta al que le echó un resoplido y se les pusieron los pelos de punta de tal manera que el pobre perrito no ha vuelto a aparecer por casa.

Les encantan jugar y sobre todo cazar. La nuestra lo único que ha cazado, de momento, son varios mosquitos, pero como escuche la palabra “bicho”, eso no es una gata, es una fiera buscando por todos lados.

Y ya para finalizar, las alturas. Les encantan trepar y subirse a lo más alto que pillen. Sí, muy graciosos, pero cuando tu pasas por la estantería y notas una “suave” caricia en lo alto del cogote, ya me dirás.


Lo de las alturas.


Toda esta información es cierta. La podéis contrastar en la red o donde queráis. A mí solo me queda contar otra versión, esta vez la inglesa, que también tiene algo que ver con el lugar de nacimiento de Micaela, Carmona.





domingo, 5 de abril de 2020

Consejo para hombres I



(Lo puede leer también las mujeres, pero bajo su responsabilidad)

Sábado por la mañana antes del confi. Tu santa esposa te manda a hacer los mandaos. Una checklist con lo que tienes que comprar, la advertencia de que no se te antoje nada que para eso llevas una lista, el carro de la compra y, sobre todo, no tardes.

Fácil, sin problemas, voy. Y fui. Fácil, sin problemas, la carnicería, la panadería y la recova. Y en la carnicería:

--¡Eh! ¡Luismi! ¿Qué haces?  --Pues ya ves, aquí de mandaero.  --Lo mismo que yo.

Y después de una semana sin veros os ponéis al día de todo. Que como estas. Que el trabajo bien. Que la semana que viene me toca de noche. Que tu equipo va fatal. Que el tuyo va peor. Que si sabes el chiste de el que se perdió en el campo. Que como llevas el libro. Que lo llevo regular que no tengo tiempo. Que si has hecho muchos aviones. Que si tú has hecho mucho jabón. Que a dónde vas. Que a por el pan.

El primer apartado de la lista, ✔. Ahora el pan. Y en la panadería:

Que si a fulanito hace mucho tiempo que no lo veo. Que si lo han destinado a Toulouse. Que encárgale un imán para el frigorífico. Que como sigue tu vecina del quinto. Que espectacular. Que cuando te toca pasar la revisión del coche. Que dos bollos, dos molletes y un paquete de  picos. 

Ya está, el segundo apartado, ✔ . Ahora estáis justito frente al parque de bomberos del barrio. Pero claro resulta, que en esa ubicación se encuentra un establecimiento hostelero que, aunque no tenga Cruzcampo, tiene Estrella de Galicia, que, fresquita, también está buena. Y entráis.

Que donde vas este año de vacaciones. Que  a Mazagón. Que nosotros iremos a Isla Cristina. Que tu equipo no tiene delanteros buenos. Que el tuyo tiene un entrenador que no vale pa ná. Que estas aceitunas están de lujo. Que ¡ostras! ¡Que nos ha pillado el toro! Que es mu tarde. Que verás las parientas. Que adiós quillo. Que hasta luego tú.

Bueno, ligerito para casa tirando del carrito. Y ahora ¿Qué le digo a la jefa? Ná, controlao. Hoy la sorprendo. Mientras caminas cabizbajo le das vuelta al coco y se te ocurre eso de…

Ya estoy aquí, esposa mía, para que juntos crucemos ríos de añoranzas,  atravesemos páramos de deseos y valles de caricias. Ya estoy aquí para sucumbir a tu canto embriagador y hundirme en la profundidad de tus ojos. Ya estoy aquí para dejarme caer en la suavidad de tus labios… 

Te lo aprendes de memoria, llegas a casa dispuesto a engatusarla con tu encanto natural y esa verborrea tan tuya, abres la puerta:

--(Yo) Ya estoy aquí, esposa mía, para que juntos...  

--(Ella) Has tardado mucho ¿no?

No es la interrupción ni la pregunta, es la forma de hacerla. En la cocina, sin volver la cara para mirarte, ensimismada en quehaceres culinarios.  Una frase corta con una interrogación que, no es que suene a irónica, no, suena a cachondeito y con una mirada de «a ver qué me cuenta este que hace tres horas que se ha ido y me dijo lo de siempre, que no tardo , que ya mismo estoy aquí, que no te preocupes y míralo,  escaqueándose un sábado más y yo sola liada con la paella sin ayuda»

--(Yo) Es que me encontrado con el Luismi que hace mucho tiempo que no nos veíamos. Y, ya sabes, hemos estado hablando de a ver cuándo quedamos y nos vemos los cuatro. Tienen muchas ganas de salir un día  en plan tranquilitos.

--(Ella) Pues sí que es verdad, con lo buenos ratos que hemos pasado. Y más ahora con el buen tiempo que hace y da gusto salir a la calle. Anda, ve poniendo la mesa que la comida está lista.

Moraleja para hombres:

• Siempre tenéis que tener un amigo que le caiga bien a tu esposa. Lo puedes poner como excusa para lo que quieras. Como a ella le gusta no hay problemas. Pero, tenéis que poneros de acuerdo con lo que les vais a contar a vuestras dóminas. ¿Motivo? Muy fácil: el 99,99 % de tus amigos que le gustan a tu esposa están casados y el 100% de las esposas de estos, son amigas de tu mujer, cómplices y encima compinchadas. Y cuidadito que son capaces hasta de tener un grupo de wasap.

• La opción de "ya estoy aquí para dejarme caer en la suavidad de tus labios", funciona en contadísimas ocasiones y situaciones muy extraordinarias.


--(Ella) Se te han olvidado los huevos.

--(Yo) ¡Anda! ¡La recova!


La foto es de la red, por adornar un poquito.





viernes, 3 de abril de 2020

Daños colaterales del confinamiento III




¿Os acordáis de Tom Hanks en la película Náufrago? Sí, esa en la que se quedó to canijo y solo y se llevó todo el tiempo hablándole a un balón de vóley. Incluso le puso nombre, Wilson. Original el nombre, que la empresa Wilson Sporting Goods pagara unos cuantos dólares nada tuvo que ver.  Bueno, lo dicho, que se llevó casi toda la película hablándole a una pelota.

Pues algo parecido estoy yo. Canijo no, más bien con barriguita y hablando con un balón blanco tampoco, hablo con Micaela. Y cada día estoy peor, sobre todo cuando me contesta.

Y ¿Qué le cuento yo a Micaela que ella me escuche? Pues batallitas de la mili. Como a mi mujer no me atrevo a darle la brasa, mi hija me dice eso de pesao eres papá y mi hijo no lo veo, no me queda otra que darle la tabarra a la gata que es la única que me escucha.

Mira Micaela, los hombres de mi generación estamos preparados  para esto del confinamiento. Hemos hecho la mili. ¿Qué no sabes lo que es eso? Te lo explico. Hace tiempo, cuando los mozos cumplíamos la edad de empezar a ir por libre, teníamos la obligación de pasarnos una larga temporada al servicio del ejército. Pero solo los tíos, que las mujeres nada de nada. Estuve dieciocho largos meses vestido de marinerito porque me tocó “servir” en la Armada Española o sea, la Marina.

Empecé el confinamiento en el Cuartel de Instrucción de San Fernando en Cádiz. Dos mesesitos na má. Confinado, sin salir hasta que aprendí la diferencia entre un Teniente de Navío y un Capitán de Fragata. Mientras tanto confinado. Después en la Escuela de Aplicación de Infantería de Marina haciendo el curso de Cabo 2ª. Otros dos mesesitos. Pude salir cuando aprendí a manejar un cetme, conducir un autobús, un camión e, incluso, un Pato. No, no es el ave palmípeda, es un bicharraco mu grande que lo mismo circula por tierra que navega por mar. Mientras, confinado.

Como era marinero y no infante de marina, me destinaron a un barco. Uno blanco, nada de gris como los de guerra y encima científico. Un buque hidrógrafo, chiquitito y mu moderno en sus tiempos. Treinta y cinco metros de eslora y siete de manga para volver a estar confinado catorce meses más.

 ¿Qué estaba en puerto? Pues nada, que gracias a la confianza que tenían depositada en mí, cabo de guardia. Confinado mientras mis compañeros de batalla se marchaban de marcha marchosa a conocer los eventos culturales de las ciudades donde atracábamos. 

¿Qué salía a navegar? Enga, coge los bártulos, mételos en el lanrover, vete para los pinares de Barbate, monta la antena para que el barco se sitúe en alta mar, que entonces no había gepeese, y confínate un montón de días en lo alto de un acantilado, en una tienda de campaña color caqui y con un compañero de fatiguitas. Confinado, solamente hablando de vez en cuando por radio: Estación verde, estación verde para Rigel ¿me recibe? Cambio. Lo dicho, confinado en medio del campo.

Por eso estoy acostumbrado y preparado para estar encerrado.

 Y ahora Micaela dixit:

A ver, Naranjito, ¡te quié i ya! ¡No me comas el coco, pesao! Que estoy enterada de la verdad verdadera, so cuentista. ¿En el Cuartel de Instrucción de Marinería tu confinado? Si te venías todos los fines de semana a Sevilla con permiso de franco de ría. ¿En la Escuela de Aplicación también confinado? Si tú no sabes lo que es un sábado o un domingo encerrado con los Infantes, estabas por la calle Betis de copitas. ¿Cabo de guardia cuando el barco estaba atracado? ¿En Cádiz? Si en la discoteca Holyday te conocían a ti y tus camaradas. Y ¿cuántas chirigotas callejeras te vistes en Carnaval? Anda, contesta, ¿Cuántas? Encerrao dices, tendrás cara. En el campo confinado en una tienda de campaña, si, si. Solo hablando por radio, si, si. En Barbate, si si. ¡En los Caños de Meca! Que vale, que está en Barbate, pero que es una de las mejores playas de Cádiz. A ver, mentiroso, que desde el faro de Trafalgar hasta Tarifa, pasando por Zahara, Bolonia, y todas las playas, calas y acantilados, te los conoces mejor que las calles de tu barrio.  Y no digas que las conoces por los trabajos hidrográficos, so fantasma. Y la metopa que te dieron con el escudo del barco y una plaquita de agradecimiento, no sé, no me fío, me tiene mosqueada.

Ahora la foto:

Así es como se queda Micaela cuando le cuento mis batallitas.

Me parece que no quiere escucharme


No se parece al Wilson de la peli. El balón no tenía escapatoria, ella es lista y se escaquea cada vez que le digo eso de Mica, ven que te voy a contar lo que me pasó cuando…
En este caso, los daños colaterales lo sufre ella.

Y esta es para que veáis que es verdad lo que cuento, que estuve en la Armada, vestido de marinero, en un barco blanco y con cara de confinado. 

No reírse que todos hemos tenido un pasado 







miércoles, 1 de abril de 2020

Ellas




Una vez más, y no me cansaré, tengo que escribir para dar las gracias a las personas que están intentando que salgamos de la puñetera pandemia que sufrimos. Hace unos días conté algo sobre mi prima Angustias, una de las profesionales de sanidad que está en primera línea. Me mandó  una foto que me gustaría compartir.



Estas guerreras son parte de las que trabajan en el Hospital Universitario Virgen Macarena. La foto está hecha en el turno de noche durante un instante que pudieron reunirse varias. Son gente de la 5ªA y la 5ªC. ¿Recordáis quienes están ingresados en estas dos alas de la planta? Efectivamente, nuestros enfermos contagiados con el COVID19. Esto es el lugar duro de la pandemia en este hospital Público sevillano que, por cierto, es él que más sanitarios afectados tiene en toda la provincia.

La foto trasmite confianza, confianza en ellas. Trasmite optimismo. Trasmite que están ahí, pegaitas a nuestro familiares ingresados. Trasmite valor, profesionalidad y sobre todo, trasmiten esperanza.

También trasmite que les llegan los aplausos que a las 19:58, les mandamos desde nuestro balcones. Es una forma de darnos las gracias y nos dicen que saben que estamos aquí apoyándolas.

No son las legendarias amazonas, no son las míticas valquirias, ni las fieras espartanas, ni siquiera las modernas Ángeles de Charly, no, son, nada más y nada menos, que las manos y los corazones que están sacando esto adelante para achatar ese pico que nunca llega al tope y que ronda los 100.000 en toda España.

Conociendo de primera mano el trabajo que están realizando, no sé cómo agradecerles todo lo que están haciendo y a lo que se exponen. Y recordar que antes de todo esto estaban ahí, durante, están ahí y después seguirán estando ahí, no lo olvidemos.

Solo decirle gracias por lo que hacéis, gracias por estar, gracias por el esfuerzo que realizáis y gracias por tener un ratito para haceros la foto. Ahora estamos una mijilla más tranquilos, sabemos que estáis con la moral alta.

Un beso a todas y muchas gracias. 




lunes, 30 de marzo de 2020

Daños colaterales del confinamiento II




Bueno, que aquí estoy como Mel Gibson encerrado en la Cúpula del Trueno pero sin perro que poder pasear por los desiertos de Australia. Eso sí, con unas jefas que mandan más que Tina Turner en Negociudad, mi señora esposa y la jefa de la casa, nuestra hija. ¡Las madres que las pario a ambas dos!

Con esto del confinamiento y, para seguir con la rutina que tenían antes, no se les ocurre otra cosa que ponerse a limpiar, ordenar, a limpiar otra vez, a ordenar otra vez que no están contenta como ha quedado la primera vez, a modificar la ubicación de donde están las cosas para que yo me líe, no encuentre y poder echarme la oportuna bronca y así un largo etcétera.

Manos a la obra. Ponen en el tocadiscos/cedé, un concierto de Alejandro Sanz al catorce de volumen. Quién me va a tapar esta noche si hace frío. ¡Niño! Que no lo bajes. Vale, vale. Y quítate de en medio que estorbas. ¡Si yo pudiera salir! ¡Papá! ¡¿Te quieres quitar de ahí?! ¡Ya!.

Nada, que se lían con el altillo del ropero empotrado. Empotrado en la pared, claro. Y, ¿sabéis lo que cabe en un altillo de un armario empotrado de dos metros de largo por sesenta centímetros de fondo? ¡Tela! Pero tela marinera. Cogen la escalera, bajan las cosas, seleccionan, deciden que guardar de nuevo, desechan lo que ni sabían que estaba ahí y no vale pa ná. Y yo por medio. ¡Papá! ¡¿Te quieres quitar de ahí?! ¡Ya!.

Y yo embobao con la cámara de Súper 8 de mi suegro y su correspondiente reproductor. ¿Esto estaba aquí? ¡Desde luego papá, parece mentira que vivas con nosotros!

Cogen la escalera, suben las cosas, ordenan, ponen mu bonito todo y meten en bolsas lo que no les sirve. Por pura casualidad, casi todo lo que no vale es mío. Pero no me quejo, soy el macho alfa.

Se me olvidaba, mi hija es seguidora de la Marie Kondo esa, una nipona con los ojitos así como medio cerrados, que es una máquina en temas de organización minimalista. Así que queda todo niquelao, para echarle una foto con una buena cámara, que no es mi caso.

Ya está el altillo para pasar estado de revista. Ahora, el mismo día no, al día siguiente, que tampoco es tema de venirse arriba, a por el frigorífico.

Abren, cierran, limpian, tiran (lo caducado según el criterio de ambas dos), organizan, guardan, ordenan.  Y el frigorífico de tanto abrir, limpiar y cerrar, de tanto organizar, empieza a emitir un pitido de socorro. Algo así como pi pi pi pi pi.

Y llega el macho alfa, yo. Claro, si es que no paráis. Ya ha saltado la alarma de la temperatura. Al final los huevos a la bechamel no se van a poder comer. Bueno, a ver, dejadme, yo lo arreglo.

Y lo arreglo. Y se quita la alarma. ¿Cómo? Pues aplicando mis conocimientos y porque sé dónde guardo el libro de instrucciones. ¡Tomaaa! ¡Marikondo!. Y , que le doy al botón de “Súper”, que sirve para forzar la bajada de temperatura de la parte de arriba del aparato. Y ya me quedo tranquilo. ¡Qué bien lo he hecho!

Y, después de comer, me echo la siesta. Pero una siesta de las buenas, no de esas de un ratito na , no, de las buenas buenas. A lo loco, sin pensarlo, el tiempo que tenga que ser. Y me levanto sin saber   si es por la mañana, por la tarde o por la noche (era por la tarde justo antes de los aplausos). Y mi esposa me dice eso de oye, que al frigorífico no se le apaga la luz de “Súper”, ya te lo has cargao. ¡Ostras! Que se me olvidó. Vale ahora le doy. Y le dí al botoncito y se arregló.

Y ahora viene el daño colateral objeto de esta historia. 

Recordad que la siesta fue más larga de lo habitual por culpa del confinamiento y la cantidad de series que estoy siguiendo y que me hacen ver la tele por la noche más de lo debido. Y todo ese tiempo la lucecita de "Súper" encendida y el cacharro enfriando a tope. Mientras preparo la cena, entiéndase ayudo o espero, cojo él último botellín de cervecita que nos quedaba desde que fui al supermercado hace nosecuantos días, y me lo encuentro con un recubrimiento de frío glaciar y con una escarchita blanquecina recubriéndolo, lo abro, deposito suavemente el contenido en mi vaso reservado para tal menester, con un dedito de espuma, con su  sabor amarguito. ¡Ojú! hijo, que gustito y que fresquita. Y el nota del Mel Gibson pasando calor con su coche tuneao  por los páramos desérticos. Será tonto. 

Por cierto, no he encontrado antónimo de "daño colateral". Tampoco lo he buscado ¿pa qué? 

Ahora la foto. No hace falta ampliarla, yo la describo:




Lo que se ve en grande es un imán que me trajo mi hijo de Toledo.
La luz naranja es la que se me olvidó quitar antes de la siesta.
La luz verde es la que indica que ya está todo OK (-18º) y que no hace falta que le des más caña al frigorífico, que la cervecita ya está fresquita.
Bueno, a ver con que daños colaterales me enfrento esta semana.